[URBAN LEFTOVERS] ESPACIOS PÚBLICOS URBANOS EN LA ERA DIGITAL: ABURRIDOS, PRESCINDIBLES E IRRELEVANTES

URBAN 360º, the blog edited by Pablo Sánchez Chillón, Urban Planning Lawyer, International Speaker, Strategy and Public Affairs Advisor and Urban Advocate. Pablo is Co-founder of  Eolexcitylab, Sánchez Chillón & Foro Global Alicante. Urban Innovation Advocates, Consultants & Lawyers (Spain).
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(Una primera versión de este post apareció publicada en abril de 2016 en El País, Planeta Futuro/Seres Urbanos)

Calle San Francisco AlicanteSi nadie le pone remedio, en una decena de años, los espacios públicos de muchas ciudades, especialmente en los países emergentes de Asia, África y América, desaparecerán para siempre.

Engullidos por lógicas de crecimiento desordenado, privatización, ausencia de normativa de protección, nuevos usos y actitudes de los ciudadanos o cuando no, pura desidia colectiva, estos lugares urbanos compartidos, que han servido de escenario para las relaciones informales y la más elemental interacción humana en nuestras ciudades terminarán por  desvanecerse, privando a los futuros habitantes de estas urbes de uno de los pilares fundamentales de la vida comunitaria y la socialización. Y esto no lo digo yo, sino los solventes autores del Informe presentado por ONU-Habitat hace unos días en Barcelona, en la conferencia temática de Hábitat III sobre Espacio Público.

Este inquietante pronóstico, que pone énfasis en un proceso de urbanización brutal en lugares como China o India, incide, en todo caso, en el alarmante retroceso que los espacios de aprovechamiento comunitario está sufriendo en estos países al calor del pragmatismo político (provisión eficiente de viviendas para la población que emigra en masa a las ciudades), la urbanización descontrolada y la privatización del espacio compartido, cuyo testimonio más elocuente tal vez lo constituyan las denominadas gated communities (comunidades cerradas), y que están dando como resultado la supresión total de los espacios públicos o su producción estandarizada y acrítica, bajo criterios de pura funcionalidad a los que acompaña, no pocas veces, una delirante impostura estética y deshumanizadora.

gated-communities-story-topEn cualquier caso, el incómodo augurio de ONU-Habitat, basado en elementos cuantitativos (metros cuadrados de espacios públicos en retroceso), pasa por alto la preocupante realidad que acontece en nuestras ciudades europeas, acostumbradas a ser utilizadas como modelo de buen urbanismo (tómese, por todas, la deificada “Ciudad Mediterránea”), y que enfrentan ya, en el orden cualitativo, nuevos retos y problemas que apuntan al empobrecimiento de nuestra vida en comunidad. ¿Qué tal si desde la atalaya del buen urbanismo occidental hacemos un poco de autocrítica sobre el estado de nuestras ciudades?

Durante muchos años, al calor del reinado del automóvil y de la voraz urbanización del territorio –, y mientras los espacios centrales de nuestras ciudades incurrían en una delirio icónico y estético (pongamos el ejemplo de las singulares rotondas de Vigo, cuyo polémico epígono lo constituye la recientemente inaugurada “Barco-rotonda”), las periferias urbanas se llenaron de enormes espacios públicos no pisables y de lugares de transición totalmente hostiles al disfrute ciudadano y que conducían a ninguna parte, incapaces de cumplir una mínima función de escenario propicio para el encuentro personal.

JOAQUIN ALVADOSea, por ejemplo, bajo la reproducción ubicua del diseño de las denostadas Plazas Duras barcelonesas (enormes e inhóspitas extensiones de cemento sin arbolado ni mobiliario urbano), las desoladoras explanadas del Complejo Azca en Madrid (espacios comunes híper-vigilados y diseñados bajo lógicas de producción privada y en los que la sola imagen de un niño jugando con un balón provoca una desasosegante inquietud), los escenarios de híper-realidad que caracterizan los mastodónticos Centros Comerciales (donde conviven, acríticamente, la estética de la Venecia de las góndolas con la de la Invernalia de Juego de Tronos) o a través del hispánico e irrepetible fenómeno de las Rotondas que tachonan nuestro territorio (magistralmente catalogadas por el proyecto Nación-Rotonda y que se convierten en lugares inaccesibles para el peatón) el espacio público urbano, como lugar de alteridad, intercambio y socialización ha ido perdiendo calidad y esencia, volviéndose prescindible por irrelevante.

Al proceso de erosión cualitativa de los espacios compartidos de las ciudades europeas,  ha venido a sumarse en los últimos tiempos, la irrupción de la tecnología como factor de transformación de los parámetros bajo los que se organiza la convivencia urbana, afectando, también, al diseño y utilización individual y colectiva de los lugares en los que ésta se produce, y que ha dado lugar, por ejemplo, al desuso y obsolescencia de las cabinas telefónicas o los buzones de correos en nuestras ciudades.

Así, ante un más que evidente cambio de comportamiento de nuestra ciudadanía híper-tecnologizada que ha hecho de la conectividad permanente y la accesibilidad digital un nuevo atributo de la condición del morador urbano (cuando no, una servidumbre contemporánea), los espacios públicos, antaño lugares propicios para el estímulo sensorial y la sublimación de las esencias de las diversas comunidades urbanas que integran la ciudad, están comenzando a perder su carácter de lugares de encuentro y socialización espontánea, convirtiéndose en no pocos casos en meros deambulatorios por los que transita (de un punto A a un punto B) una legión de zombies enganchados a una vibrante pantalla digital en un estado de inducida distracción total, indiferentes a la calidad, la belleza o la identidad del entorno urbano que les rodea.

zombie urban geeksAunque la evaluación del impacto de la tecnología en nuestra sociedad es materia fértil para la lucha entre nuevos Montescos y Capuletos, (y cuando no fundamento de recurrentes visiones apocalípticas de quienes añoran un idealizado y bucólico entorno urbano ‘pre-internet’), parece evidente, con sólo levantar la vista de nuestro teléfono, que nuestras ciudades están sufriendo en sus propias carnes las alteraciones de los patrones de conducta de sus moradores, con efectos sobre elementales criterios de movilidad o seguridad vial y ciudadana (los zombies chocan con objetos y personas o pueden ser víctimas de un atropello) pero incidiendo también, con idéntica intensidad, sobre cuestiones que atañen a la planificación, el diseño y las decisiones sobre la necesaria jerarquización de los espacios públicos de la ciudad.

¿Para qué vamos a gastar presupuesto municipal en embellecer lugares públicos que nadie mira? ¿Invertimos en columpios o en dotar a las plazas de una potente conectividad wifi? Y así hasta generar encendidos debates entre pragmáticos tecnólogos contemporáneos y nostálgicos del balancín.

En todo caso, aunque tal vez interese poco a quienes han hecho de la interpretación de los hábitos de consumo y acción de los denominados Millennials una rentable profesión y medio de vida, hay datos que mueven a la reflexión sobre lo que está pasando con nuestros espacios públicos, y en última instancia, con nuestra sociedad urbana. Sirva como muestra el reciente Estudio que concluía que nuestros niños de entre 5 y 12 años pasan ya menos horas al día al aire libre que los presos comunes, y en concreto, un máximo de 30 minutos al día frente a los 60 minutos de los que disfrutan los reclusos.

Desde luego, las causas serán diversas, coyunturales y hasta justificables, pero parece probable que pasado el estado de severa contrición parental que estos datos suelen generar, estudios como el aludido podrán ser usados en el futuro como fundamento empírico por quienes defiendan un modelo de ciudad menos abierto que el actual, y en el que la creciente irrelevancia de los espacios públicos y una lógica de pragmatismo funcional (no se usan) los convierta en una suerte de bisutería urbana prescindible, indigna de recibir, acaso, inversión presupuestaria municipal.

Frente a esta tendencia, y más allá del impacto y la efectividad de otras iniciativas de corte más clásico que inciden en facilitar procesos de diseño participativo de las ciudades, en la reserva de espacios para huertos urbanos, en la peatonalización temporal o la celebración de eventos diversos en nuestras ciudades, puede que la supervivencia de los espacios públicos urbanos pase por una necesaria reflexión coral, abierta y multidisciplinar que incorpore al diseño, ordenación y experiencia de estos lugares un enfoque contemporáneo, alineado con la nueva percepción mediata e interacción con el medio urbano que experimentan nuestros Digizens, (Digital-Citizens),  enriquecida con la dimensión que la esfera digital otorga al plano de realidad de nuestras ciudades.

Me refiero en este punto a la acción y el impulso de quienes invocando los esenciales valores de los espacios compartidos urbanos en la conformación y dinamización de nuestras comunidades no renuncian a incorporar a la experiencia de uso y apropiación de estos espacios novedosos enfoques de diseño y autoproducción, y nuevas capas semánticas y propiedades inspiradas en nuestra vida tecnológica y convencional, apostando por dinámicas de juego, reinterpretación del mobiliario urbano, interacción de usuarios, hackeo de espacios e infraestructuras y visualización del entramado invisible que conecta las dos realidades (físico-digital) que inciden hoy sobre nuestra vida urbana en comunidad, mediante experiencias tan diversas y estimulantes como la de los 21 Balançoires en Montreal, Invisible Playground en Berlín o el reciente Hack for Urban Fitness desarrollado por el MIT de Boston, por citar algunas de las más relevantes (¿Quién dijo que las Ciudades Inteligentes tenían que ser aburridas?).

espacios publicosDe la convergencia híbrida entre estos dos planos en los que se desdobla la cualidad de ciudadanía en el siglo XXI y su incidencia en el espacio público compartido, nacerá, sin duda, el enriquecimiento de la experiencia de apropiación colectiva de nuestras plazas públicas, el refuerzo de su longevidad y su capacidad para fomentar el sentimiento de pertenencia del individuo al lugar y la comunidad en la que se radica, en una época de híperconexiones en la que todo fluye menos el territorio.

Si no queremos que nuestros espacios públicos urbanos se conviertan en las sobras del gran banquete y la borrachera digital, y no deseamos salir pronto, muy pronto, en un Informe pesimista de algún organismo internacional, tendremos que ponernos ya manos a la obra.

Por Pablo Sánchez Chillón. Abogado. Especialista en Asuntos Urbanos y Editor del blog Urban 360º