MATARNOS DE RUIDO

«Los ríos más profundos son siempre los más silenciosos«.


Por Pablo Sánchez Chillón

{*Una primera versión de este artículo fue publicada con el título «Nostalgia del Conticinio» por su autor en su columna de opinión en el Diario El Independiente en diciembre de 2022}

Conticinio. No vengo a hablaros hoy de un mineral raro, ni de una herramienta imprescindible en la caja de herramientas de un fontanero, ni a describiros, acaso, los síntomas característicos de una enfermedad contagiosa elevada a la categoría de pandemia global en un mercado de Wuhan, provincia de Hubei, China.

No pretendo, tampoco, glosar las particularidades de un tipo penal revisado –conticidas todos- en la penúltima ley nacida del intenso aparato gubernamental que nos dirige, aunque resultaría conveniente preguntarse, visto lo visto, qué está pasando en nuestro Congreso de los Diputados del que parecen haber huido los Abogados del Estado y los Letrados de las Cortes, antaño elevados al altar honorífico que el sistema reserva a las altísimas magistraturas profesionales nacidas en el Pequeño Madrid del Gran Poder  y hoy, delenda est monarquía– arrojados a los pies de los caballos por los groseros errores – sí es sí, no es no, ideologías aparte- de pura técnica legislativa y falta de respeto a los principios generales del Derecho con los que se fabrican algunas de nuestras leyes.

No busco, en fin, honrar el recuerdo de un tío segundo crecido en la montaña palentina, tan preterido hoy como esos planes con dinero público para la reconstrucción y el  reasentamiento forzoso de urbanitas (antes hipsters, hoy nómadas digitales) en la España vaciada, ese lugar de geografía variable y recurrente olor a tahona, berza y matanza que compite bien en la liga de la soledad con las oficinas de un ministerio qualunque en un lunes laborable previo al puente de la Constitución.

No; la mirada nostálgica de hoy se detiene en el conticinio, (del latín conticinium) esa bella palabra que la RAE describe como “la hora de la noche en que todo está en silencio”.

Empecemos por reconocerlo abiertamente: no hay silencio posible en la sociedad de las plataformas, la del tiempo real y las omnímodas pantallas de cientos de píxeles animados desde las trincheras de las redes sociales, los bots y el activismo de sofá. Ya lo anticipó Pascal, matemático versado en el cultivo del pensamiento abstracto cuando en sus ‘Pensées’ sentenció aquello de que “toda la infelicidad de los hombres se debe a una sola cosa: la incapacidad de permanecer en silencio a solas en una habitación”, algo que sucede ahora más que nunca, día y noche, cargando las espaldas de nuestra existencia con un ruido incesante, con un runrún como de turbamulta y mercado persa digital, tan molesto como desasosegante.

Si como sociedad del bienestar hemos venido durante años aceptando la ruidosa colonización de las horas del día por esa legión creciente de personas extrovertidas a las que hemos premiado con el poder de formular un nuevo canon del éxito social y profesional –‘líderes’ los llamamos- basado en la incontinencia verbal, la opinión generalizada y no solicitada sobre casi todo y el consejo desmedido y digital, la noche, esa mitad de la vida, -la mejor mitad a decir de Goethe que era un disfrutón, ha terminado cayendo también en el abismo del ruido, el marketing invasivo y la furia cacofónica de los disparos cadenciosos de los francotiradores agazapados en las redes sociales, expertos en diseñar y organizar el mundo para los próximos cinco minutos.

Llegó el novísimo ruido y con él las alertas de Amazon, el penúltimo ladrido extemporáneo de Elon Musk o la sonora incidencia de ese aparataje que tu vecino, cuyo pecado confeso era el de trasnochar los domingos con Estudio Estadio, con García o De la Morena, adquirió a precio de saldo para consagrar su vida y su hacienda a la minería de bitcoins, expulsando de nuestras vidas el momento, ese momento inopinado en la jornada en el que parapetados tras un libro en la soledad de un dormitorio, recogidos entre papeles en la cabecera de la mesa de un comedor, bajo el flexo inclemente de la oficina o secretamente extrañados desde la garita de un mercado mayorista o la torre de control de Barajas, hacíamos bueno aquello de que el día es el padre del trabajo y la noche es la madre de los pensamientos, entregándonos a la reflexión y las profundidades del alma en un mundo que ya no se calla ni de noche.

Ahora que los bancos quieren ser cafeterías, coworkings y espacios de buen rollo, que los niños, que llevan encima más tecnología de la que llevó al hombre a la luna sueñan con ser influencers y tiktokers a tiempo completo (un insulto para los servidores públicos, a quienes han apeado de ese decimonónico honor de clase) y que nuestro encaje en la sociedad se organiza, legitima y estructura alrededor del número de temporadas consumidas de esa serie que no te puedes perder y del volumen de selfies disparados y compartidos para rescatarnos de la irrelevancia de nuestras vidas, el silencio, – los ríos más profundos son siempre los más silenciosos- ha desaparecido de nuestras vidas, y lo que es más reprobable como civilización, de nuestras noches.

De la esfera pública a la intimidad de una letrina, todo es ruido de fondo, estrépito y bulla. Llegados a este punto, se hace necesario formular la nostalgia de esa hora de la noche en la que todo estaba en silencio, aquélla en la que el cuerpo y el alma se reponían -durmiendo- de las tiranías de la jornada laboral sin la necesidad de caer en la dark web del coaching ni en las salmodias estomagantes de la motivación digital; aquella hora en la que las parejas se reconciliaban y amaban sin mediar pantalla, estados de WhatsApp ni agendas de Outlook o esa hora en la que los intelectuales, los introvertidos, los sesudos y los inadaptados se abandonaban, por el puro placer de la cavilación, la lírica o la coyunda con las musas, al arte mayor del pensamiento y la escritura, convertido hoy en un lujo asiático al alcance de los usuarios del vagón silencioso del AVE y de los discretos moradores de Silos.

Añoranza, acaso, de ese momento impagable -como de agua detenida – en el que uno se retiraba a su alcoba pensando que policías, serenos y panaderos velaban por nosotros, y en el que ese acervo consensuado de tolerancia al ruido nos hacía ser indulgentes con quienes abandonaban un local para tomarse la penúltima en el siguiente, con la monotonía del cantar de los grillos o las cigarras o con el martilleo sanador de la rotativa de un periódico, momentos hoy rotos y desaparecidos – por razones todas nefastas – como naves en llamas más allá de Orión, fragmentados en mil pedazos por ese timbre pulsado con vesania por el repartidor de Glovo que le acerca al inquilino del segundo el cocido de tres vuelcos que se le ha antojado tomarse, digamos, un martes a las 4 de la mañana.

Melancolía por ese momento de interioridades y galerías del alma en el que como dice mi egregio amigo y profesor Juan M., uno descartaba convertirse – qué se yo- en Presidente de los Estados Unidos si se reconocía como un macarra irredento y tramposo, o en la que un sátrapa asiático como Putin, podía mirarse asqueado al espejo en la soledad dorada de un Kremlim silencioso provocándose una arcada sulfurosa que lo distrajese de su cruzada o en el que las sedes de los partidos políticos se vaciaban de estrategas, gurús y spin-doctors encantados de conocerse, obsesionados por trascender y hacer trascender a sus patrocinados en un escenario de sentimentalización, emocionalidad y personalización caudillista de la vida política como pocos se recuerdan, esa “emocracia” y sus descontentos, que se cuela todas las noches en nuestro timeline para robarnos la serenidad y el oremus.

Con unos líderes públicos sometidos a la dictadura de la pose, la impostura y la simplificación del mensaje político en imágenes y textos de frase y media compartibles en perfiles digitales, se ha terminado por consolidar entre nosotros una nueva y ruidosa ejecutoria política post-partidista y sin intermediarios, superficialmente auténtica y generadora de hilos, relatos y productos narrativos pensados para su consumo masivo, día y noche, en redes sociales que necesita alimentarse permanentemente, como esos castores obligados a roer sin descanso la madera para evitar terminar mordiéndose con unos dientes incisivos que no paran de crecer nunca.

Margaret Thatcher leía teletipos y veía la televisión cuando ésta no emitía cartas de ajuste en aquel tiempo solemne y ceremonioso de los años 80 del pasado siglo en el que ciñó su cetro de poder en el Reino Unido. No conoció en ejercicio de su mandato la popularización de Internet ni convivió con compañeros de bancada de Gobierno adictos a las Stories de Instagram o a los bailes en Tik Tok. Visto lo visto, y consolidada entre  nosotros la sobre-exposición pública, el clickbait y la polarización como recursos primeros del liderazgo político podríamos decir que mejor para ella; su sobria educación metodista no lo habría resistido.

Nostalgia de esa hora en la que los oficiales de la policía de la moral descansaban o en la  que una niña o un niño – en su cursus honorum hacia la invención del remedio contra el cáncer- soñaban con vivir mil aventuras y contarlas al abrigo del desayuno del día siguiente, sin necesidad de loguearse ni de inventarse un avatar en el Metaverso, ese promisorio continente digital (poco) habitado por unos muñecos cabezones en el que, a decir de los augures tecnológicos, todos vamos a estar, de alguna manera, más pronto que tarde. Llamadme rarito pero confieso que prefiero esperarme a que Zuckerberg se gaste más dinero en diseño y creativos para esos avatares de Sim City 1.0 antes de animarme a presenciar un concierto desde casa con otros tantos muñecos cabezones, sustitutos digitales de aquellos amigos con los que antes, petits plaisirs, salía a cenar y a desgañitarme una vez cada 6 meses en una sala rodeado de cuarentones tan necesitados como yo de endosar, sin filtros ni suplementos de realidad aumentada, el Cadillac Solitario o la Milonga del Marinero y el Capitán, aunque hoy nos cueste cada vez más levantar una resaca.

Saudade por esa hora inerte, como de marasmo civilizatorio, que hemos terminado expulsando a golpe de alarmas, playlists y herramientas ubicuas e invasivas que sustraen y usurpan nuestra atención y que nos alejan de ese momento que Borges nos describió en El Aleph en el que un día terminas por caer en la cuenta de que cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento: el momento en el que el hombre sabe para siempre quién es, y que solía revelársenos de noche, en esa hora en la que ese conticinio que persigo entre nostalgias y sombras de madurez, reinaba insolente entre nosotros.

Decía también el sabio escritor argentino, desde el ostracismo sobrevenido de su ceguera, que dormir es distraerse del universo, y la distracción es difícil para quien sabe que lo persiguen con espadas desnudas, hoy blandidas por los peones de una economia digital y globalizada empoderados y resilientes, esa que llegó para matarnos de ruido, superficialidad e inanidad y en la que giramos como el ratón que persigue su propia sombra, hasta caer extenuados de inanición.

Nostalgia, en suma, del conticinio y de tantas otras palabras como ademán, arrebol o petricor, que tú y yo conocimos y practicamos un día en la soledad discreta de esa hora de la noche en la que todo estaba en silencio y a nadie le parecía mal. 

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