DEMOCRACIAS DE POMPA, [PLÁSTICO] Y CIRCUNSTANCIA.-

pompa y circunstancia

By Pablo Sanchez Chillon . Abogado | Law | Cities | Politics | GovTech..

[Pablo Sánchez Chillón, Urban Planning Lawyer, International Speaker & Strategy and Public Affairs Advisor. Pablo is Co-founder of Sánchez Chillón Law Ofice & the Think Tank Foro Global Alicante. Pablo works as a part-time advisor on strategy, urban diplomacy and politics to the municipality of Alicante (Spain)]

Malos tiempos para el liderazgo político.

Corrían los años 80 del pasado siglo y Germán Coppini, líder del grupo musical Golpes Bajos, cantaba desconsolado aquello de “malos tiempos para la lírica”, adaptando a la realidad de la España de la penúltima década del siglo XX un poema del mismo título que Bertol Brecht escribió, abatido por la tristeza, con motivo del ascenso de los nazis al poder en la Alemania de entreguerras. 

“En mí combaten el entusiasmo por el manzano en flor y el horror por los discursos del pintor de brocha gorda”, escribió Brecht hace 90 años, reflexiones que hoy, sacudidos por este shock vírico planetario que ha segado vidas e ilusiones y ha sembrado el futuro de incomodidad e incertidumbre, bien podríamos recuperar con plena vigencia y sensaciones redivivas, con pocos referentes públicos a los que abrazarnos en tiempos de zozobra y desconcierto colectivos en los que lo público, las institituciones y la política andan renqueantes.

Tal vez sea por la sobre-exposición a la información de todo tipo o por la melancolía y la impotencia rampantes de nuestras sociedades frente al impacto del coronavirus, pero al contrario de lo que sucedió en otras épocas –tal vez idealizadas desde la perspectiva de décadas de paz y bienestar en Occidente – a la política como herramienta poderosa de transformación y progreso y aun como oficio adquirido para alcanzar tan nobles objetivos no le ha venido nada bien, en términos de reputación y estima colectiva, este colapso civilizatorio y sistémico al que nos enfrentamos. 

Es verdad que el momento es complejo y desagradable. Es cierto que las agendas políticas, los presupuestos públicos y la acción de gobierno han saltado por los aires, obligando a muchos mandatarios a gestionar situaciones contingentes de emergencia y alarma institucional, a los ojos de una opinión pública crecientemente contestataria y desgastada por un ciclo vírico que no parece remitir. Salvo algunas excepciones en las antípodas (todo el mundo con algo interesante que escribir recurre ahora a la premier neozelandesa Jacinda Ardern como paradigma de un nuevo liderazgo político crecido al calor y el temor de la pandemia) el liderazgo político convencional se ha resentido agudamente durante estos meses de zozobra y el coronavirus ha terminado por convertirse en una trituradora de liderazgos públicos, tarea a la que tampoco han contribuido, es verdad, la actitud de tantos mandatarios, líderes de oposición y de grupos políticos que tal vez no han estado a la altura de esta dark hour que nos envuelve.

A este contexto actual de laminación del liderazgo y los referentes públicos ha contribuido, también, la confluencia perfecta en este momento desgraciado de una serie de inercias vinculadas a la propia forma y sustancia de la política partidista entendida como ecosistema cerrado y previsible, al ejercicio del poder como una suerte de privilegio desconectado de la atención, el control y aun, el afecto de un electorado al que se convoca cada 4 años a las urnas y a la emergencia de un nuevo código de conducta, de una novedosa etiqueta pública vinculada a la superficialidad de la comunicación orientada a las redes sociales y los formatos compartibles en tiempo real que ha empobrecido la calidad y la profundidad del debate en la esfera pública.

No en vano, llevamos años en los que a la maestría de los gestos en política, un verdadero arte al alcance de unos pocos, le ha sucedido la puesta en escena de la política como gesto permanente, al alcance de cualquier líder con perfil en redes sociales y una legión vociferante de seguidores digitales. 

De las inevitables inauguraciones de obras públicas y visitas a mercados en los que fotografiarse, sin arrobo, entre los productos de nuestra huerta feraz y los abrazos a niños aterrados hemos pasado, casi sin darnos cuenta, a una campaña política permanente hecha de múltiples fragmentos de cotidianeidad, irrelevancia y hasta estudiada ñoñería de nuestros líderes (quede para la historia del azúcar político aquél perrito de Albert Rivera “que aun huele a leche”) o a la competición por ver, por ejemplo, quién luce mejor en mallitas de correr, quien posa mejor a caballo o quien luce un delantal entre pucheros y fogones, o quién, -de esta no se escapa nadie- felicita antes a Rafa Nadal después de conquistar su enésimo torneo en la arena parisina, en la que algunos de nuestros jóvenes mandatarios han alcanzado cotas de vergüenza ajena reseñables.

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Que la percepción de la política y los liderazgos crecidos a su regazo ha cambiado en las últimas décadas nadie lo duda. Si, por ejemplo, a los protagonistas de la Transición política y los primeros años de democracia en España, tras la austeridad y contrición de la Dictadura de Franco, los recordamos, sin reproches, pegados a un cigarro y a un vaso de coñac Fundador en humeantes tabernas y discretos conciliábulos madrileños, severamente reservados y discretos en sus negociaciones y pactos, la democracia pop de nuestros días, que ha hecho de la política un ingrediente más en el menú del entretenimiento colectivo total, nos sitúa ante un escenario bien distinto con unos líderes compartiendo, por ejemplo, en eso que llamamos ahora el tiempo real, el contenido de negociaciones a puerta cerrada con otros grupos, en aras de una transparencia que no pocas veces es más un artefacto comunicacional y un fin en sí misma que un medio para otras sanas y loables virtudes democráticas. 

El poder de la tribu: ritos, fórmulas y artefactos del lenguaje como sustento narrativo de nuestros sistemas democráticos.- 

Al ritmo del colapso generalizado en la intermediación (y la representación política de los cargos electos en nuestras democracias es eso, pura intermediación entre la ciudadanía y los poderes del Estado) provocado por la extensión de la tecnología y la expansión de ese meta-relato que la convierte en un poder omnímodo en manos del ciudadano informado y co-responsable de su destino más allá de las citas con las urnas, la ejecutoria democrática está despojándose aparentemente de sus pesados ropajes y sus solemnes y barrocos ritos y estructuras, que ceden ante el pragmatismo de una sociedad tecnologizada y sometida a obsolescencia programada, sin tiempo que perder ni regalar con gilipolleces que no le interesan a casi nadie.

Esta vida pública simplificada hasta las unidades más esenciales de lo inteligible, este proceso constante de desmontaje de  la solemnidad y el artefacto de la política, de fragmentación cotidiana del hecho y sustancia del liderazgo público, el mensaje, directo e insinuado, ha estado siempre presente, y el lenguaje político, que no es exactamente la jerga con la que sus señorías se torturan en los debates en las Cortes Generales, sigue siendo un fundamento imprescindible de nuestros sistemas democráticos.

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Es verdad que la democracia ha establecido sus propios mecanismos de afirmación y de auto-defensa narrativa, que se activan, sobre todo, cada vez que se renueva, tras las elecciones, el mandato de los ciudadanos con la asunción de poder por el nuevo gobierno.

Hay muchos ritos asociados a la idea de poder y a la de la propia de democracia, que refuerzan el sentido y fortaleza nuestro sistema político, de esas instituciones “de las que nos hemos dotado”, y que contribuyen a proyectar una benéfica pátina de sobriedad y perenne gravedad de esos organismos que nos representan y nos gobiernan, más allá de la genialidad y las capacidades de la clase política que las ocupa temporalmente. 

Tal vez la pompa y circunstancia británicas, hayan sido y sean el paradigma de solemnidad política. Más allá de esos acantilados que enfrentan al Reino Unido con la Europa continental, la democracia británica, desde los tiempos de Cromwell, ha acuñado un elenco de rituales y formas que nos han terminado pareciendo familiares, con la ayuda, tal vez, de las series de Netflix y HBO.

En todo caso, nuestro país (España) también dispone y explicita estos ritos y tradiciones democráticas y constitucionales (nacidos, los más, en fecha tan cercana como el año 1978) y que son portadores de un significado social esencial –aunque pueda parecer paradójico en esta en la que todo es casi digital- para la pervivencia de nuestro sistema.

Desde las ceremonias de entronización reales, las aperturas de los Años Judiciales, la ortodoxia de la ejecutoria Parlamentaria o las tan habituales últimamente rondas de consultas del Jefe del Estado con los grupos políticos para designar Presidentes de Gobierno, y más allá de su esencial función constitucional autónoma, estos ritos, cargados de la estética de otros tiempos, contribuyen a proyectar urbi et orbi, la fortaleza y salud de nuestros sistemas políticos, con todos los matices que se le quiera poner, por ejemplo, a un Congreso de los Diputados o a un Pleno Municipal que proscriben, en pleno siglo de la imagen, las pantallas o el Big Data de los hemiciclos, como si nuestros mandatarios actuales estuvieran necesariamente tocados por la gracia de la prosa solemne de Cánovas del Castillo, Salmerón, Sagasta o de Castelar, por citar a algunos de los epónimos de una época dorada parlamentaria que ya no volverá.

Quizá por esta razón, el ver el Parlamento convertido, las más de las veces que uno cede a la tentación insana de seguir un debate importante, en un grotesco lodazal político en manos de unos Diputados que hablan para sus grupos y seguidores en Facebook, nos solivianta e indigna, y tendemos a buscar referentes semánticos y símbolos como emanaciones del poder democrático que nos reconcilien, por favor, con ese sistema político, con esa democracia que está –ontológicamente hablando- muy por encima del calentón macarra de sus señorías. 

De la Casa Común de todos los españoles, al recurrente round-around the flag de un Donald Trump que ha perfeccionado como nadie el arte de la cortina de humo como maniobra de distracción a lo largo de ese atropellado mandato que ahora toca a su fin ( y ya veremos si tiene prórroga en enero de 2021), hasta las más convencionales e inocuas frases hechas que repiten acríticamente nuestro medios de comunicación cada vez que pueden, no cabe duda de que la reproducción y explicitación de ritos semánticos de protección colectiva y el recurso al argumentario más costumbrista de la política representativa actúa, en no pocas ocasiones, como esos regordetes glóbulos blancos que, pertrechados con una gorra y un manípulo, acudían veloces a reducir a los gérmenes que se introducían en nuestro organismo, en la excelente explicación de esa mítica serie “Érase una vez el cuerpo humano” con la que crecimos tantos, y que en este annus horribilis de 2020 (también) ha cumplido 50 años.

Basta leer las crónicas y repositorios de anécdotas parlamentarias glosadas por maestros periodistas como Luis Carandell o Víctor Márquez Reviriego durante la Transición española para descubrir, por contraste con lo que sucede en nuestros días, que los males y humores insanos que destilan nuestras Cortes Generales no son fruto exclusivo de la fragmentación y la polarización políticas actuales (también existían tras la muerte del dictador) sino (con notables excepciones) el correlato directo de los perfiles y trayectorias de quienes nutren las bancadas parlamentarias y la consecuencia de la aniquilación de la personalidad política por los partidos convertidos en superestructuras al servicio de la mayor gloria del líder que vigila el respeto de la ortodoxia de la facción desde la cúspide de la pirámide en la que permanece instalado, con un ojo puesto en la tribuna y el otro en las redes sociales y las métricas digitales.

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En todo caso, el lenguaje político democrático ha acuñado algunas frases, mensajes y recursos que asoman recurrentemente en el discurso de nuestros líderes públicos y que cuando los escuchamos, más que provocarnos un cierto cansancio o evidente sonrojo, nos terminan reconfortando, como esas tisanas benéficas que te esperan junto a la chimenea después de un día de, pongamos por ejemplo, cortar troncos a la intemperie del invierno canadiense. 

Hace ya unas décadas, George Orwell, en su ensayo Politics and the English Language, daba cuenta de dos síntomas galopantes de la decadencia del lenguaje político en el Reino Unido, como eran, sin duda, el uso de expresiones vagas y el abuso de textos vacíos por parte de los representantes parlamentarios. El tiempo ha pasado desde aquel ensayo orwelliano, y esa decadencia se ha convertido en una dolencia crónica de nuestra esfera pública, que se empobrece a marchas forzadas, impulsada ahora, quizá, por la monolítica vigencia disuasoria de la disciplina de partido que hace estéril cualquier intento de un orador político de convencer a un adversario en relación con una determinada cuestión, o la más reciente y preocupante superficialidad galopante que contamina el diagnóstico y la ejecutoria políticas (desde los gabinetes de gobierno a la bancada de los diputados o concejales rasos) en el erróneo entendimiento de que las cosas hay que explicarlas para tontos, pues la ciudadanía ignorante no está para alambicadas justificaciones.

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Tras el “nosotros los demócratas”, el impagable “la gran fiesta de la democracia” que menudea en las jornadas electorales (en España llevamos varios años de fiesta), o los ya clásicos “que hablen las urnas” y “el pueblo ha hablado” subyace una carga semántica y de sentimiento de pertenencia colectivo que trasciende la inercia y la discutible pobreza de elementos metafóricos y alegorías que utilizan los periodistas como recurso narrativo en los hitos de la democracia. No son tiempos para florituras. 

Inspirándonos en lo que el Marqués de Custine dijo sobre la Rusia zarista, podríamos afirmar que hoy, “la Política es un gran teatro, y en ella sólo hay actores”. Y estos actores necesitan un guion y un buen papel para sobrevivir a tanta superficialidad, competencia y abundancia de información, y esta es la razón del éxito (el real y el atribuido) a los spin doctors, a los asesores de los políticos (según a quien leas, mandan más que ellos, huelen a azufre y son capaces de adivinar el gordo de la Lotería meses antes de la Navidad) y de la búsqueda permanente de la comunicación política por hallar nuevos yacimientos narrativos que explotar, aun a sabiendas de la finitud del recurso y la caducidad de su vigencia.

En nuestros días, la irrupción de la tecnología digital, la experiencia de la democracia del tiempo real y las urgencias de la conectividad ubicua y personalizada han transformado, también, la mise-en-scène de la Comunicación Política, así como la entidad y contenido de los mensajes en los que liderazgo e imagen pública se combinan para generar un producto atractivo para el elector/espectador. Esta realidad coincide, además, con el regreso de los populismos (si alguna vez se fueron) y la irrupción de las fake news, que han contribuido a excitar y recalentar el debate público hasta cotas desconocidas. 

Si a estos antecedentes se les añade la conciencia de estar entrando en una era de la post-política, la anti-política y los híper-liderazgos, en la que a la pérdida de legitimidad y capacidad de intermediación de los partidos políticos, convertidos en monolíticas maquinarias electorales y terreno abonado para la servidumbre, se une la consolidación de una suerte de caudillismo soft alrededor de un personaje público carismático y regenerador, podemos pensar que nos asomamos a un horizonte de una verdadera política sin partidos, verdadera terra incognita para tantos de nosotros.

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En líneas generales y con honrosas excepciones, con unos líderes públicos sometidos a la dictadura de la pose, el plástico y la simplificación del mensaje político en imágenes y textos de frase y media compartibles en perfiles digitales, los analistas, los pensadores, los incómodos opinadores que aguijonean la autocomplacencia del líder que desconfía de la honestidad de las voces disidentes a su alrededor, la política, si alguna vez fue un lugar fértil para el compromiso sincero y desinteresado más allá de la ominosa dinámica partidista.

El resultado de todo esto es la consolidación, entre nosotros, de unos nuevos liderazgos públicos y de una nueva ejecutoria política post-partidista y sin intermediarios, superficialmente auténtica y generadora de hilos, relatos y productos narrativos pensados para su consumo masivo en redes sociales que necesita alimentarse permanentemente, como esos castores que necesitan roer madera para evitar terminar mordiéndose con unos dientes incisivos que no paran de crecer nunca.

Tomemos algunos ejemplos. 

El plástico ha contaminado, también, a la Política.

La flexibilidad del junco. Antes de la pandemia bastaba con ser fuerte, resistente, liarte la manta a la cabeza y tirar p’alante. Hoy, si no eres resiliente, y lo cuentas, no eres nadie, tampoco en política.

Corría el año 2008 (dónde estabais entonces) cuando Barack Obama consiguió su primera victoria electoral, momento en el que muchos celebraron que ese icono pop que fue Presidente de la primera potencia mundial empezase a utilizar perfiles obtenidos de gestión masiva de datos (big data) con fines de segmentación electoral, inaugurando una era de pragmatismo partidista que nos ha deparado ciertas alegrías pero también no pocos sobresaltos, y cuyo epítome, al menos en la escena norteamericana, hay que atribuírselo a las malas artes de esa empresa tramposa llamada Cambridge Analytics y a las injerencias de rusos, bots y malware en las elecciones norteamericanas.

Aquellos lodos nos trajeron un Presidente guapérrimo, unas veces naranja y otras, tantas, macarra, arrogante, y tan resistente a la crítica y los pronósticos y al wishful thinking (fundamentalmente entre los educados europeos) de la opinión pública sobre su inminente caída, como extraordinariamente hábil para sepultar los debates públicos importantes con recurrentes y estériles polémicas con origen en su incontinencia digital, para escándalo de teóricos de la democracia representativa y solaz de esa parroquia de midwesterns que luce, sin empacho, el Make America Great Again en sus gorras (muchos sin saber que lo popularizó Ronald Reagan en los años 80 del pasado siglo).

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En una época en la que toda actividad pública está en permanente estado de observación y en la que los sabios de la tribu han sido sustituidos por una legión de todólogos que abandonaron las barras de los bares para hacerse fuertes en sus poliédricos perfiles digitales, poco nos quejamos de que se nos ha llenado la sociedad de sagaces cuñados con respuestas y soluciones integrales para todos nuestros problemas civilizatorios -desde el choque de civilizaciones hasta la alternativa a la Nocilla con aceite de palma– y algunos han llegado a fundar y mantener partidos políticos de éxito, incluso.

Es un hecho incontestable, en términos políticos, el florecimiento a nuestro alrededor de nuevos partidos, plataformas y agrupaciones de electores que ejercen muy bien el rol del parvenu institucional y de otros que, sin rubor, practican el más lacerante y execrable populismo de masas, amén de la última hornada de la tardo-política que nos ha puesto en el disparadero, por ejemplo, a un señor diputado de Teruel que sólo pide, con desigualdad de armas para su provincia, unas infraestructuras, digamos, equivalentes a las que harían arder en la hoguera de la indignación a un madrileño o un catalán en los años 90 del pasado siglo. Que Teruel existe ya lo sabemos, ahora, reinterpretando a Hamlet desde el altiplano turolense, tenemos que dejarle que sea también.

Como en un panóptico contemporáneo, el escrutinio permanente de la acción de gobierno a través de herramientas de monitorización digital nos ha vuelto como ciudadanos crecientemente implacables en nuestras reivindicaciones y exigencias a los poderes públicos, mostrándonos como actores notablemente críticos con la (pobre y esperable) ejecutoria de la política, en un momento como el actual, en el que al shock pandémico global y a la tecnologización de la arena pública se unen, por un lado, la desafección política generalizada y el deterioro general de la reputación y la valoración de las instituciones públicas, así como la crisis total de la idea de poder y autoridad (el poder des-intermediado) que se compensan, -qué remedio-, con una cierta ensoñación colectiva sobre el poder transformador, emancipatorio y sanador de la tecnología, que “nos empodera” sin ambages, que diría un contemporáneo digital. 

La política, además, en horas bajas planetarias, tiende a buscar, en momentos de crisis y desazón, refugio en otras disciplinas y artes de las que toma prestadas armas y recursos narrativos, que terminan por desdibujar sus fronteras y cometidos, escamoteando su función y destino primigenios entre discursos y debates exuberantes que, aunque recurrentes y oportunos, no son más que enormes campanas de reverberación narrativa y movimientos para la distracción y el entretenimiento de masas.

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Así, vivimos, bajo la amenaza real de una emergencia climática, que obliga a re-pensar, dicen cada vez más expertos, en nuestra dependencia del petróleo y sus derivados. De acuerdo hasta aquí. En todo caso, y quizá, uno de los principales damnificados de la contaminación planetaria por plástico sea el propio debate político. 

Lo que se dice, lo que se muestra y lo que se comparte en redes sociales, cede, en no pocas ocasiones a cómo se cuenta y describe en las ágoras digitales, convertidas en verdaderas pasarelas para la proyección de estos nuevos liderazgos políticos, que, de izquierda a derecha (de sus extremos al centro y de regreso) reúnen propiedades que antes sólo atribuíamos a los derivados del petróleo, y en los que rascas y no hay nada debajo.

Pocos rubros temáticos permanecen ajenos a esta superficialidad semántica y discursiva plagada de guiños a la mercadotecnia que acompaña a no pocos discursos gubernamentales, aunque es verdad que, con permiso del coronavirus, tal vez el de la conciencia global sobre el cambio climático haya sido, con diferencia, el asunto que más nubes de algodón de azúcar  y torrentes de dulce de leche haya generado entre la comunicación pública contemporánea, habiendo creado verdaderos zombies con sueldo público y cargo electo, que a la que pueden, y ante una pregunta inconveniente sobre su gestión, te espetan una consigna eco para zanjar a divinis un debate incómodo. 

Imploro, en todo caso, vuestra comprensión y clemencia; no quisiera que me incluyáis entre los negacionistas del cambio climático, las vacunas o la realidad de la pandemia, que no lo soy, sino que me permitáis, por puro agotamiento espiritual y por necesidad de respirar, la oportunidad de denunciar a la creciente legión de oportunistas, coaches vivenciales y nuevos sanadores del alma colectiva que a derecha e izquierda hacen fortuna entre la emergente comunidad del anillo de colores, como antes la hicieron alrededor de otros caladeros discursivos que terminaron por esquilmar y agostar con voraz locuacidad. 

Los nuevos yacimientos narrativos del liderazgo político: el particularismo y la conciencia global sobre el cambio climático.

Al margen de la necesaria reflexión y toma de conciencia y acción sobre las cuestiones de orden climático, que dejo para otros expertos en la cuestión, la sostenibilidad, entendida como un recurso narrativo intangible, ha pasado a consolidarse como uno de los atributos indispensables del nuevo Liderazgo político global, desbancando del frontispicio de tantos territorios e instituciones a otras tesis que han cedido al empuje del Green Leadership, aun a costa de simpáticos espectáculos de mudanza ideológica repentina entre nuestros mandatarios y de mucha política de plástico e Instagram, generosa en el uso de filtros, metáforas y calculada superficialidad compartible en muros y timelines.

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El ecologismo, doctrina nacida como tesis radical e incómoda entre grupos semi-clandestinos de izquierdas, y asumido, como discreto hilo musical por las fuerzas progresistas con opciones de gobernar, había venido sufriendo un proceso de envejecimiento y desgaste progresivo durante décadas, sin lograr influir de manera transversal en la agenda pública local y estatal, más allá de determinados lugares comunes y el impacto de vistosas acciones de guerrilla y activismo verde por las franquicias ecologistas, algunas de las cuales, plagadas de banderolas y audaces golpes de mano, permanecen en la memoria de todos. 

En los últimos años, el creciente consenso científico y académico universal sobre la cuestión del cambio climático, los efectos aparentes y perceptibles de esta agitación climática en nuestro entorno (verdaderas tragedias en algunos lugares del Planeta) y y el impulso, primero, de los denominados Objetivos del Milenio de Naciones Unidas, y después, especialmente, de los ODS (Objetivos de Desarrollo Sostenible de la ONU / SDG en inglés), – la que se considera la mejor estrategia política y de comunicación gestada en décadas en los despachos de esa ONU lejana y durmiente para tantos-, han dado paso a una nueva era en la que la esta idea transversal de sostenibilidad global, ha sido asumida ya, con creciente naturalidad por el espectro de la derecha moderada, en un proceso de enmarcado político (framing, para los empadronados en Oxford) que conoce pocos precedentes de éxito universal.

Lo Sostenible, lo sustentable, con la indispensable ayuda de Hollywood (de Di Caprio a Bardem, entre otros) y la de los influencers digitales ha pasado a convertirse en parte esencial del relato político global, y ha situado al mundo, a “la gente” (ese “We, the People” de Greta Thumberg en la COP 25 de Madrid) frente a una pléyade de tozudos negacionistas climáticos, encabezados por el exuberante y guapérrimo Donald Trump y la nueva república global de populistas que asoma, sin complejos, cada día la patita entre nosotros.

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La fórmula se ha hecho hueco en las agendas públicas, y ha alcanzado un éxito sin precedentes entre la ejecutoria gubernamental que, oportuno o no, ha obligado a cambiar las agendas de gobierno y el discurso y la ortodoxia partidistas y también el de no pocas corporaciones privadas, que han encontrado en este greenwashing universal la clave de bóveda de un universo narrativo alrededor de un compromiso elástico y multicolor con el planeta, que en tantas ocasiones no ha pasado de ser un ejercicio de marketing bien dotado presupuestariamente pero sin impacto real en la vida de las personas. 

Que es un éxito lo demuestra, igualmente, la noticia que hemos conocido durante estos días (noviembre de 2020), y que pone de manifiesto que incluso el pensamiento conservador se suma, a la reflexión global sobre las cuestiones climáticas, con voz propia y tono moderado y la vocación inconfesa de romper la hegemonía progresista alrededor de este debate, con iniciativas como la Fundación Propósito, liderada por varios ex-ministros del último gabinete de José María Aznar, y que se constituye como un think tank conservador con el desarrollo sostenible, la protección del medio ambiente y el crecimiento económico y social como ejes principales de trabajo.

Aun así, no todo ha sido pernicioso en este proceso irreparable de odesificación, lo admito, y la conciencia social alrededor de los ODS ha permitido recuperar determinados enfoques de política global que yacían, maltrechos, en la cuneta de las relaciones internacionales, atropellados por las fuerzas del nacionalismo, el populismo y la autarquía rampantes en un contexto de renuncia coyuntural de los EEUU de Trump a liderar al mundo libre y un ascenso, inquietante para muchos, de China como potencia y árbitro global. 

Lo he defendido en varias tribunas, pero estos nuevos yacimientos semánticos universales, que apuntan a la concertación y la cooperación de distintos actores políticos y sociales alrededor de cuestiones climáticas más allá del juego de las relaciones entre Estados y Gobiernos, han alumbrado discursos muy interesantes como el de la emergencia de un nuevo liderazgo local, de un poder emergente e influyente de las Ciudades, que surge, también, como una suerte de ágil y concertada contrarreforma frente a quienes dan por enterrado el multilateralismo global. Bienvenida sea esta nueva era.

El municipalismo global y con autoconciencia de su poder transformador vive un momento dulce entre nosotros, que, de momento, se manifiesta con intensidad y estudiado impacto con ocasión de eventos como las ya citadas COP de Naciones Unidas (con la de Madrid en otoño de 2019, como la más legítima heredera (con perdón de las tres ediciones precedentes) de la incroyable COP21 de París, plagada de famosos y mensajes en 140 caracteres que abrió la espita de la conciencia institucional global sobre el clima).

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Ya sea un ejercicio de honda preocupación y toma de conciencia definitiva sobre un estado de emergencia universal, o un perseguible producto del greenwashing más insustancial en boca de nuestros mandatarios, -de Jefes de Estado y Presidentes para abajo-, estos ODS, con su colorida llamada global a la acción han conseguido sumar, a esta nueva Comunidad del Anillo (que exhibe el pin circular en la solapa) a otras escalas de poder más allá de la de los Gobiernos nacionales, invitando a la mesa del debate a empresas, ciudadanía, instituciones y, lo que interesa a esta artículo, las Ciudades y sus mandatarios, que han encontrado en esta cantera de la sostenibilidad y el riesgo climático un vector de proyección de los atributos de ese Nuevo Poder Urbano que desafía –aun con notable desigualdad de fuerzas- el statu quo de la Gobernanza mundial dominado desde hace siglos por los Estados-Nación. 

Lo único que espero es que cuando todo esto pase, de tan resilientes, disruptivos e hibridadores como nos exigimos ser, no terminemos perdiendo el norte y el gusto por las cosas sencillas y puras. 

Como tantas veces en la vida, y siguiendo a Mies Van der Rohe, menos es más.

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