POSTALES URBANAS PARA DESPUÉS DE UNA PANDEMIA

Por Pablo Sánchez Chillón.


Si uno de nosotros, si una persona de finales del siglo XX viajara repentinamente a una taberna o una casa del Londres de principios del XIX, caería literalmente enfermo, enfermo con los olores, enfermo con la comida, enfermo con la atmósfera que lo rodea. (…) Dickens sobrevivió a cuatro epidemias de cólera, y de forma regular se producían brotes de tifus, fiebres tifoideas, diarreas epidémicas, disentería, viruela y otras dolencias. Los niños caían como moscas” – Dickens. Peter Ackroyd (1990)


An article by Pablo Sánchez Chillón, Lawyer, International Speaker, Strategy and Public Affairs Advisor and Urban Advocate. Check out the work of Pablo as Chief Editor of Urban 360º.

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TRES

[1] La Ciudad y los apologetas.

Tenemos tiempo. Estamos en casa confinados por prescripción gubernamental, sobrellevando el aislamiento de la mejor manera, y pensando, si acaso esta pandemia es la inquietante antesala de una tragedia de dimensiones globales, de una tormenta perfecta que asoma por el horizonte o un momento de oportunidad para provocar un cambio positivo, un gran reset universal que nos haga mejores como personas y como especie.

Reconozco mi incapacidad para dar respuesta a esta pregunta, pero sí quiero tratar de enmarcar este momento de excepcionalidad civilizatoria, este episodio de confinamiento urbano global en un contexto histórico y doctrinal, echando mano de Dickens o del movimiento Higienista, surgido como reacción teórica multidisciplinar frente a las pandemias de raigambre urbana, como el cólera que asolaba las capitales europeas aun en el siglo XIX.

No escondo que con este análisis persigo una intención firme: la de refutar un argumentario que cobra fuerza durante estos días primeros de la crisis del Covid-19 y que apunta a la desconfianza creciente hacia la vida en las ciudades y a la consecuente penalización -por sospechosos y peligrosos- de los espacios públicos urbanos, verdadera clave de bóveda del armazón de nuestras ciudades mediterráneas. Tras más de una década de publicaciones en esta tribuna y habiendo brindado decenas de conferencias y charlas por todo el mundo alrededor de las Ciudades y el fenómeno de lo urbano, me siento legitimado para polemizar sin ser tachado de ventajista o interesado. 

Y lo hago tras escuchar durante estos días esta apología de la virtuosa vida retirada en boca de expertos consultados, que a caballo entre el apocalipsis y la medicina tropical señalan ya a los espacios compartidos de las ciudades, más allá del vencimiento de los plazos gubernamentales de alarma y excepcionalidad como potenciales amenazas para nuestra especie, como lugares que habrá que evitar para eludir el contagio y la expansión vírica, aun a costa de sacrificar nuestro modo de vida.

[2] De paseo con Charles Dickens por el Londres pre-victoriano.

Buscando enmarcar y comprender el momento actual, resulta interesante volver la vista atrás, buscando en la historia, en la cultura, precedentes de cuanto nos asola.

Sin mascarilla ni guantes. Imagínémomos transportados, de repente, al Londres de principios del siglo XIX.

La capital inglesa era la ciudad más grande y espectacular del mundo. En 1800 la población de la ciudad alcanzaba el millón de almas. Ese número aumentaría a 4,5 millones en 1880. Quizás el mayor impacto en la transformación y el crecimiento de ese Londres vibrante fue la llegada del ferrocarril en la década de 1830, que contribuyó a que miles de nuevos moradores llegasen a la ciudad, acelerando su expansión y tensando la convivencia entre sus habitantes, poniendo a las autoridades ante la necesidad de hacer frente a los nuevos desafíos y riesgos urbanos asociados a cuestiones como la higiene, la habitación y la salubridad.

SEIS

En medio de este escenario, armado con un cuaderno y una pluma, se demora un escritor con una aguda capacidad de observación y un tono mordaz, que actúa como notario de la palpitante vida de una ciudad peligrosa, seductora y llena de contrastes e injusticias que se manifiestan con especial virulencia en aquellos lugares en los que se asientan los newcomers, esa legión de mano de obra barata que ayuda a sostener y agrandar los fundamentos de la mayor fábrica del mundo de entonces.

Charles Dickens aplicó su talento único de observación a la ciudad en la que pasó la mayor parte de su vida. Rutinariamente caminaba entre 10 o 20 millas por las calles de Londres y sus descripciones de la capital inglesa durante esos comienzos del siglo XIX permiten a los lectores experimentar las vistas, los sonidos y los olores de la ciudad vieja por la que corretearon Oliver Twist y la corte de rateros y buscavidas que chapoteaban entre el barro y el humo de las fábricas y telares.

La ciudad vibra. Los vendedores ambulantes que venden sus productos se suman a la cacofonía de los ruidos de la calle. Carteristas, prostitutas, borrachos, mendigos y vagabundos de todo pelaje se suman a la colorida multitud.

Por la noche, las calles principales están iluminadas con débiles lámparas de gas. Las calles adyacentes y secundarias carecen, sin embargo, de iluminación, y es habitual guías y porteadores para conducir al viajero a su destino. En el interior, una vela o una lámpara de aceite lucha contra la oscuridad y ennegrece los techos de esas viviendas baratas, siempre preparada para prender una tela en un descuido de sus moradores, ocasionando alguno de los numerosos incendios que se reproducen en la ciudad y frente a los que el voluntarioso pero mal dotado servicio de bomberos londinense nada puede hacer por contenerlos, limitándose a certificar que aquí o allá, bajo las vigas humeantes, yace el cuerpo de un anciano o una familia que no pudo escapar al devastador avance de las llamas.

Los hogares de la clase alta y media se sitúan junto a pozos de pobreza y suciedad increíbles. Ricos y pobres por igual se unen en las concurridas calles de la ciudad. Los barrenderos intentan mantener las calles limpias de estiércol, el resultado de miles de vehículos tirados por caballos, mientras las chimeneas de la ciudad vomitan un humo denso de carbón, que se transforma en un pegajoso hollín que se deposita en todas partes.

En muchas partes de la ciudad, las aguas residuales fluyen, sin tratar, por canales que desembocan en el río Támesis. De hecho, y hasta la segunda mitad del siglo XIX, los habitantes de la ciudad siguieron bebiendo agua de las mismas porciones del Támesis en las que vertían su morboso contenido las alcantarillas abiertas, provocando epidemias tan letales como incombatibles como el cólera, un residente en el padrón de las zonas pobres de ese Londres pre-victoriano. El aseo personal no es una gran prioridad, ni tampoco lo es la ropa limpia. En las habitaciones cerradas y abarrotadas en las que se desarrolla la vida de las clases más pobres, el olor a cuerpos sin lavar es sofocante y los hábitos y el saber popular tampoco ayudan a combatir este escenario.

CINCO

El precio de este crecimiento explosivo y la dominación del comercio mundialse tradujo en una incalculable miseria general y en la suciedad y el riesgo sanitario como parámetros de la normalidad de una vida urbana intensa y plagadade injusticias. Una atmósfera enferma en una ciudad doliente en la que el espacio público es vehículo para la propagación morbosa de afecciones y epidemias, frente a las que reaccionarán los promotores de las doctrinas higienistas, que aspiran a incorporar los avances y el estado de la técnica del momento a la planificación y organización de la vida en las ciudades.

[3] La Ciudad de los Higienistas.

La reacción a este ambiente de insania, no tardó en producirse.

Aunque hunde sus raíces en las doctrinas de la Ilustración europea, el Higienismo, como movimiento internacional de transformación general de las emergentes sociedades industriales, vive su apogeo en el último cuarto del siglo XIX y primeros años del siglo XX, canalizando la actividad redentora de un buen número de pensadores y profesionales (arquitectos, médicos, abogados) que encuentran en los menesterosos slums de las ciudades un campo para la acción y postulación del nuevo homo hygienicus.

Las altas tasas de mortalidad que por diversas enfermedades y epidemias afectaban a un gran sector de la población conformado por las grandes bolsas de pobreza, por causas añadidas a la propia enfermedad como el hacinamiento y la desnutrición y el contacto que día a día mantenían los médicos con la población afectada, posibilitó los primeros estudios sobre la mortalidad ocasionada por estas causas, así como la frecuente denuncia de las miserables condiciones de vida y trabajo de dicha población.

En Europa, desde la publicación en 1790 de la obra del médico vienés J.P. Frank, titulada La miseria del pueblo, madre de enfermedades, otros higienistas como Turner, Villermé o Virchow contribuyeron con sus estudios a refundar la higiene, dotándola de un cuerpo doctrinario propio que la situó en primera línea de la lucha por la erradicación de enfermedades como el la fiebre amarilla o el cólera-morbo, afecciones que se desarrollaban con más frecuencia en el medio urbano.

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Bajo la general consigna del public health is wealth, y frente los crecientes problemas de salubridad de los enclaves en los que se hacinan los trabajadores emigrados del campo a la ciudad como mano de obra para la industria urbana, los higienistas tratarán de incorporar un paradigma sanitario transversal que mejore la existencia de estas clases empobrecidas, valorizando su entorno y proponiendo nuevos enfoques que habrán de afectar a la alimentación, la higiene, la educación, la moral y los hábitos saludables, con un inmediato efecto sobre el urbanismo de las ciudades y su arquitectura.

La extensión y generalización de nuevas infraestructuras básicas como el alcantarillado, la distribución de aguas potables o la elemental recogida y gestión de los residuos urbanos comienzan a ser formulados por los impulsores del movimiento higienista, que logran que sus objetivos se incluyan en las agendas de los gobiernos liberales de la época, que las apoyarán y financiarán con cargo al presupuesto.

De igual manera, la creciente intervención en la inspección y regulación de usos de cementerios, mataderos, mercados, lavaderos y plazas públicas, así como el impulso de nuevas doctrinas y hábitos entre la infancia (fuese con la creación de instalaciones como las crèches francesas (elementales guarderías) o los Grupos Escolares impulsados por la Institución Libre de Enseñanza en España) habrían de reducir la morbilidad y mortalidad de unas sociedades enfermas cuya onerosa realidad se confrontaba con el ideal de desarrollo y progreso impulsado por el maquinismo.

Desde el punto de vista de las ciudades y su diseño y habitabilidad, podemos concluir que la doctrina higienista se encuentra en la base de la filosofía que impulsa el Eixample barcelonés (Ildefonso Cerdá publicó en 1856 su Monografía Estadística de la clase obrera de Barcelona), o el París de Haussmann, y sirve de justificación para la gran batalla de las infraestructuras que se desarrollará en Europa durante estos años, generalizando la implantación del alcantarillado común y favoreciendo la emergencia de cuerpos normativos que incorporarán novedosos criterios para las edificación en los cascos urbanos, a la vez que se promueve una cultura nueva en materia de higiene y alimentación, especialmente de la maltrecha infancia.

El Higienismo del XIX encuentra su peculiar epígono en la creación de las colonias infantiles impulsadas por el Fascismo Italiano durante los años 30 del nuevo siglo. La denominada Opera Nazionale Balilla (ONB) – institución del régimen cuya tarea es la educación de los jóvenes sobre el estilo de vida fascista, en el que la higiene y la santidad del cuerpo ocupan un lugar destacado – o la ONMI (Opera Nazionale per la Modernità e la Infancia) serán las impulsoras de una red de albergues y colonias por todo el territorio italiano, concebidas como verdaderos centros de adoctrinamiento físico, cultural y profesional para los jóvenes e infantes en los que la salud y los servicios asistenciales se constituyen como elementos centrales que definen no sólo el rango de actividades (v.g. la climatoterapia) sino que conforman un verdadero paradigma para la arquitectura y el urbanismo de las colonias balilla.

Son numerosos los ejemplos de la interesante arquitectura fascista vinculada a las colonias veraniegas que se sostienen por las más pujantes empresas del régimen como son, sin duda, la denominada Colonia Fiat de Marina di Massa (Bonadé-Bottino), la Colonia Piaggio de Santo Stefano d’Aveto (de Daneri), la corbussieriana Colonia AGIP “Sandro Mussolini” de Cesenatico (Vaccaro) o la Colonia Montecatini de Cervia/Ravenna (de Faludi), que compiten en la implantación del canon edilicio fascista con las Colonias Helioterápicas de la ONB en Monte Mario (Roma) o la Colonia para los servicios asistenciales de Ferrocarriles y Correos en la localidad de Calabrone (Tirrena de Pisa), algunas de ellas todavía visitables en nuestros días y en las que aun se respira cierto aire de marcialidad tan del gusto de la época.

La crisis del Covid-19 y las forzosas medidas de confinamiento doméstico que asumimos con disciplina y resignación vuelven a poner de manifiesto las enormes diferencias en cuanto a calidad de vida y la divergencia de recursos que existe en el seno de nuestras ciudades, obligándonos a adaptar y reformular, también, la planificación urbana, la provisión de equipamientos públicos adaptables para hacer frente a episodios como el actual y la necesidad de adaptar las ordenanzas y estándares que rigen la edificación y salubridad de nuestras ciudades y sus edificios.

En tiempos de Inteligencia Artificial y Big Data, y cuando creíamos superada esta coyuntura en nuestras sociedades occidentales, una nueva pandemia global nos obliga a pensar y actuar como aquellos higienistas del XIX lo hicieron ante circunstancias excepcionales y urgentes.

[4] Y de repente, el silencio en nuestras ciudades.

De todas las imágenes que recibimos durante estos días de forzado confinamiento de la primavera de 2020, tal vez las que más nos impresionen sean las de las capitales del mundo, las de las ciudades de todos los tamaños y ubicaciones completamente vacías, tal y como las dejamos el día en el que por prescripción gubernamental entramos en nuestras casas de manera atropellada, para no abandonarlas durante semanas…o meses.

DOS

Postales extrañas de lugares que conocemos, de espacios públicos vaciados, silenciosos e inertes en los que un cielo claro y luminoso invitaría a practicar, si no fuese por el morboso virus que nos acecha, un enorme y perfecto juego del escondite, una partida de las escondidas, esperando encontrar, afinando la vista, algún furtivo peatón amagando tras una marquesina o algún vehículo rompiendo la plácida línea de un horizonte libre de humos y contaminación.

De no ser por la contingente y peligrosa excepcionalidad sanitaria, económica y civil en la que andamos metidos de lleno por culpa del Covid-19, estas ciudades exánimes, tranquilas, hermosas en sus detalles y en la factura de sus edificios públicos y plazas que exhiben la armonía, la limpieza y el orden de sus calles como testimonio de una nueva y atípica normalidad, deberían ser un resorte al alcance temporal de cualquier comunidad, un hito programado cada cierto tiempo por nuestras autoridades que nos llevase a valorar la dimensión humana y las virtudes de una de las obras más geniales de la civilización.

La convivencia entre la vida urbana convencional y los acontecimientos y eventos inesperados, los fenómenos naturales tan impresionantes como destructivos, las catástrofes bélicas y los conflictos, o como ocurre ahora, las emergencias sanitarias y alarmas por la extensión de las pandemias es tan antigua y constante en nuestra historia como la propia idea y constructo de la ciudad, habiendo sido la causa fundante de enormes transformaciones comunitarias (sociales, políticas, económicas) y vehículo para la la llegada y consolidación de nuevas doctrinas y técnicas sobre el modo de diseñar y planificar nuestras ciudades.

De la aparición de los ensanches en las ciudades que rebasaban el perímetro de las murallas que las defendían de las agresiones y los forasteros, del pensamiento ilustrado a las doctrinas higienistas del XIX, de las Garden Cities de Ebenezer Howard a los hipsters neorurales, la idea de fragilidad e insostenibilidad de nuestro modelo de convivencia urbana, la necesidad de alcanzar una mejora de las condiciones de vida o la búsqueda de la armonía entre nuestra civilización y el planeta que la sufre, muchas de estas transformaciones sistémicas de nuestras ciudades, del urbanismo que las ordena y planifica, encontraron su origen en sacudidas tremendas, en momentos de ruptura sobrevenida en los que, como ahora, y parafraseando a Gramsci, el viejo mundo se muere y el nuevo tarda en aparecer, con el riesgo de que en ese claroscuro surjan los monstruos que acechan en todas partes.

 

[5] Abril de 2020. Ciudades para la desconfianza.

En pleno mes de abril de 2020, y con apenas 21 días de confinamiento global coronavírico, los agoreros, reconvertidos en otra tribu doctrinal dispuesta a refundar la planificación territorial y el urbanismo han vuelto a nuestras tribunas.

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Llevábamos años escuchando oír hablar de las bondades de la ciudad compacta y densa, de los beneficios, en términos de sostenibilidad, convivencia, acceso a servicios básicos y provisión de recursos que las urbes concentradas nos deparaban, frente a modelos de dispersión y ocupación extensiva y depredadora del territorio (el denostado urban sprawl) incompatibles con muchos de los valores que representaba la vida en comunidades urbanas.

De repente, como casi todo lo que está pasando después de esos 7 fatídicos días de marzo de 2020 en los que el Covid-19 irrumpió en nuestras vidas amenazando con cambiarlo todo, una legión de expertos y opinadores, en la soledad y aislamiento de sus hogares, han empezado a colonizar las redes sociales y los artículos de opinión alertándonos, sin rubor alguno por abandonar las filas doctrinales desde las que nos sermoneaban desde hace lustros, de los peligros de la vida en nuestras ciudades bajo la distorsionante amenaza de ciclos epidémicos tan potencialmente devastadores como el que ahora nos ha paralizado como civilización.

El problema con estos inquietantes diagnósticos ex post facto y los crepusculares pronósticos que los acompañan avisando de la insania que nos espera detrás de cada esquina, en los transportes públicos o en las aglomeraciones urbanas a las que volveremos no es, en absoluto, la bucólica reivindicación de un regreso progresivo al campo y a una vida de aislamiento que nos permita cumplir canónicamente con ese social distancing que parece que va a imponerse como pauta de alteridad sino la imposibilidad manifiesta –que no suele aparecer en estos análisis admonitorios- de dar marcha atrás a este proceso de concentración global de población y recursos en las ciudades, que no se trata de un capricho del siglo sino de una tendencia civilizatoria imparable con la que hemos de convivir.

Apuntaba más arriba que la relación entre la ciudad y las recurrentes epidemias que las han diezmado ha sido una constante en la historia de la humanidad. También lo es el hecho de que buena parte de la configuración actual de las capitales mundiales y la vigente jerarquización de espacios, equipamientos e infraestructuras urbanas de nuestras ciudades o la consolidación de técnicas tan asentadas en el urbanismo contemporáneo como la zonificación obedecen, entre otros factores, a la reacción paliativa primero, y preventiva después, frente a las catástrofes naturales, las pandemias, la insalubridad y los episodios morbosos que han sacudido la vida urbana, y que dieron forma, entre otros, al París de Hausmann, la Lisboa del Marqués de Pombal o al Londres victoriano, condicionando las propiedades y morfología de los ensanches de nuestras ciudades y ese arte menor -tan necesario como infravalorado- que es el de las normas de la edificación y salubridad edilicia de nuestros instrumentos urbanísticos.

El peligro de la vida en la ciudad -ahora relanzado al calor de los nefastos efectos del coronavirus- es un recurso narrativo recurrente en tiempos de zozobra civilizatoria y con él se cuelan en nuestra vidas, por la puerta de atrás, la misantropía y la desconfianza en los demás, provocando reacciones y actitudes que van más allá de las que responden a un shock temporal o a las recomendaciones de las autoridades sanitarias, constituyendo el germen de la destrucción de la vida comunitaria y la placa de petri de actitudes insolidarias, autoritarias y ventajistas que creíamos parcialmente desterradas de nuestras vidas.

[6] Contra el Espacio Público.

Quizá, uno de los principales afectados por esta recurrente epidemia de desazón y sospecha hacia lo urbano, por esta corriente de opinión de expertos consultados que ven con claridad lo que va a suceder en unos meses y cuando los demás no somos siquiera capaces de intuirlo, sea el espacio público de nuestras ciudades, convertido en una suerte de zona cero, en un albañal de insania y contagio que convendrá evitar, buscando el propio refugio en el hogar, el trabajo o en las escasas reuniones que nos podamos permitir en el futuro, convenientemente filtradas a través del tamiz de las nuevas convenciones sociales post-coronavíricas que algunos ya se atreven a prescribir desde sus tribunas.

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El espacio público, entendido como lugar de encuentro y alteridad, como escenario de la vida urbana vive instalado en una zona de incertidumbre doctrinal y programática permanente, por más que el diagnóstico y tratamiento de la agorafobia haya quedado tradicionalmente reservado para la praxis discreta de la psiquiatría y la psicología clínicas.

Durante años, la batalla entre la visión desarrollista de nuestras ciudades bajo enfoques de puro rendimiento inmobiliario y la provisión de espacios públicos para la interacción social fue una constante en nuestro urbanismo, evolucionando después hacia una tensión entre quienes promovían la defensa y necesaria provisión de estos lugares abiertos y porosos en la trama de nuestras ciudades y quienes defendían, bajo ópticas de vigilancia, seguridad o puro enfoque de management, la conveniente irrupción de un híbrido entre el espacio público y la propiedad privada, esos private ownwd public spaces (pops) que salpican no pocos de los distritos financieros de nuestras ciudades y en los que, por múltiples razones, de orden funcional y estético, está prohibido hacer casi de todo.

A esta realidad de un espacio público en retroceso viene a sumarse ahora, desde otras ópticas y atalayas nada sospechosas, el discurso de la fatalidad sobrevenida de convivir en ciudades densas ante las recurrentes epidemias que nos asolarán, poniendo el foco de la sospecha en los maltrechos equipamientos y espacios públicos de nuestras urbes, sospechosos de favorecer la alteridad, y con ella, la propagación del virus morboso.

Los espacios públicos, estos lugares urbanos compartidos que han servido de escenario para las relaciones informales y la más elemental interacción humana, engullidos por lógicas de crecimiento desordenado, privatización, ausencia de normativa de protección, nuevos usos y actitudes de los ciudadanos (la tecnología en la era de la distracción masiva) o cuando no, por pura desidia colectiva, caminan siempre en el filo del lápiz del urbanista, corriendo el riesgo de terminar retrocediendo hasta desvanecerse, privando a los habitantes de las urbes de uno de los pilares fundamentales de la vida comunitaria y del imprescindible proceso de socialización urbana.

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Desde hace unos años, organismos como ONU-Habitat vienen alertando en sus Informes y encuentros que los procesos de urbanización sistemática en lugares como China o India se ven acompañados por un alarmante retroceso de los espacios de aprovechamiento y uso comunitario merced a una combinación de policies y pragmatismo político (provisión eficiente de viviendas para la población que emigra en masa a las ciudades), o por razones de urbanización descontrolada y progresiva privatización del espacio compartido, cuyo testimonio más elocuente tal vez lo constituyan las denominadas gated communities (comunidades cerradas), y que están dando como resultado la supresión total de los espacios públicos o su producción estandarizada y acrítica, bajo criterios de pura funcionalidad a los que acompaña, no pocas veces, una delirante impostura estética y deshumanizadora.

Durante décadas, al calor del reinado del automóvil y de la voraz urbanización del territorio y mientras los espacios públicos centrales de nuestras ciudades incurrían en no pocas ocasiones en un delirio icónico y estético, las periferias urbanas se llenaron de enormes espacios públicos no pisables y de lugares de transición totalmente hostiles al disfrute ciudadano y que conducían a ninguna parte, incapaces de cumplir una mínima función de escenario propicio para las relaciones personales.

Así, la reproducción ubicua del diseño de las denostadas Plazas Duras barcelonesas (enormes e inhóspitas extensiones de cemento sin arbolado ni mobiliario urbano), las desoladoras explanadas de la City Londinense o las del Complejo Azca en Madrid (espacios comunes híper-vigilados y diseñados bajo lógicas de producción privada y en los que la sola imagen de un niño jugando con un balón provoca una desasosegante inquietud), los escenarios de híper-realidad que caracterizan los mastodónticos Centros Comerciales (donde conviven, acríticamente, la estética de la Venecia de las góndolas con la de la Invernalia de Juego de Tronos) o el fenómeno de las Rotondas que jalonan nuestros ensanches y que se convierten en lugares inaccesibles para el peatón, dan testimonio de que, durante años, el espacio público urbano, como lugar de alteridad, intercambio y socialización ha ido perdiendo calidad y esencia, volviéndose prescindible por irrelevante.

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Al proceso de erosión cualitativa de los espacios compartidos de las ciudades europeas por razones de jerarquía y desarrollo, vino a sumarse después la irrupción de la tecnología como factor de transformación de los parámetros bajo los que se organiza la convivencia urbana, afectando también, al diseño y utilización individual y colectiva de los lugares en los que ésta se produce, y que ha dado lugar, por ejemplo, al desuso y obsolescencia de las cabinas telefónicas, o los buzones de correos o en nuestras ciudades.

Así, ante un más que evidente cambio de comportamiento de nuestra ciudadanía híper-tecnologizada que ha hecho de la conectividad permanente y la accesibilidad digital un nuevo atributo de la condición del morador urbano (cuando no, una servidumbre contemporánea), los espacios públicos, antaño lugares propicios para el estímulo sensorial y la sublimación de las esencias de las diversas comunidades urbanas que integran la ciudad, comenzaron a perder su carácter de lugares de encuentro y socialización espontánea, convirtiéndose en no pocos casos en meros deambulatorios por los que transita (de un punto A a un punto B) una legión de zombies enganchados a una vibrante pantalla digital en un estado de inducida distracción total, indiferentes a la calidad, la belleza o la identidad del entorno urbano que les rodea.

A esta desconfianza y desdén creciente hacia los espacios públicos de nuestrras ciudades viene a sumarse, ahora, las proyecciones post-coronavíricas, que sitúan en el centro de la diana de la sospecha a uno de los atributos esenciales de nuestras ciudades mediterráneas, fundamento de nuestra convivencia y proceso de socialización.

Por ello, frente a quienes ahora, moviéndose con cierto ventajismo entre el horizonte de negros pronósticos y predicciones apocalípticas defienden un modelo de ciudad sellada, compartimentada sanitariamente y potencialmente peligrosa por razones de su compacidad y densidad, frente a quienes no dudarán en tildar a los espacios públicos de zonas de riesgo y contaminación, conviertiéndolos en una suerte de bisutería urbana de la que se puede prescindir, cabe alzar la voz, reivindicando su centralidad en nuestro modo de vida y en la configuración de nuestras ciudades.

Frente a aquellos agoreros y apologetas opongamos el diseño creativo y participativo de las ciudades, la reserva de espacios para la infancia, para los huertos urbanos, para el deporte y la contemplación, impulsemos la peatonalización temporal o definitiva de las zonas centrales de nuestras urbes y distritos, el comercio de proximidad y la experiencia vibrante de la vida de nuestros mercados, la celebración de la vida en la calle, nuestras fiestas y eventos al aire libre, incorporemos dinámicas de juego al diseño y ejecución de las zonas compartidas de nuestras urbes, propongamos una reinterpretación del mobiliario urbano, impulsemos la interacción de usuarios, el hackeo de espacios e infraestructuras y la visualización del entramado invisible que conecta las dos realidades (físico-digital) que inciden hoy sobre nuestra vida urbana en comunidad, inspirémonos en experiencias divertidas y fortalecedoras de la vida en comunidad como la de los 21 Balançoires en Montreal, el Invisible Playground en Berlín o los espectáculos multimedia en vídeo-walls que menudean por nuestros municipios, evitando caer en categorizaciones y prejuicios tan nocivos como inconvenientes.

La epidemia pasará, y con ella, de manera progresiva la desconfianza y el recelo hacia los extraños. Nuestra vida seguirá y las ciudades nos esperan.

Nos vemos en la calle.


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