LA CIUDAD Y LAS ETIQUETAS: BANDERAS DE CONVENIENCIA DE LA INNOVACIÓN URBANA.

By Pablo Sanchez Chillon

[Pablo Sánchez Chillón, Urban Planning Lawyer, International Speaker & Strategy and Public Affairs Advisor. Pablo is Co-founder of Sánchez Chillón Legal Advisors and Director of Foro Global Territorio. He works as a part-time advisor to the municipality of Alicante (Spain)]

I.- La hoguera urbana de las vanidades.

Smart Cities, Start-up Cities, Lab Cities, Slow Cities, Green Cities, Sharing Cities, Ciudades Resilientes, Innovadoras, Humanas, Circulares, Ciudades Refugio, Seguras y hasta Afectivas. El desfile de epítetos para la condición urbana no conoce límites en nuestros días.

Como en un Baile de Máscaras, las ciudades, buscando proyectar la mejor de sí mismas, se esconden tras brillantes artefactos narrativos, etiquetas memorables y buenas dosis de contemporáneo storytelling reivindicando su cuota de notoriedad, poder e influencia en una fase de la Historia universal en la que se anticipa la llegada de un nuevo statu quo para la Gobernanza mundial.

Si hacemos caso al emergente coro de expertos que así lo afirman (y a otros que no lo son, pero lo quisieran parecer), este nuevo tiempo –reflejo de un novísimo orden mundial que se consolida día a día-, se caracteriza por la creciente apertura de agendas, la irrupción de nuevos liderazgos políticos a costa del deterioro del poder de otros (especialmente los de naturaleza urbana frente al menguante poder de los Estados) y por la identificación de retos colectivos para la especie humana que se manifiestan con especial intensidad en el ‘gran teatro de las ciudades’.

Ante esta ventana de oportunidad y en el contexto actual de comercialización ‘total y por entregas’ de los activos y relato de las ciudades, muchos reclaman un papel principal para una nueva generación de líderes locales, ungidos por el don de la globalidad, la audacia y el pragmatismo, líderes auténticos para ciudades de verdad, en un proceso que la pandemia y la sensación universal de fragilidad que nos asalta parece haber acelerado irremediablemente.

Animados por este impulso de conquista de relevancia universal de las ciudades, desde hace ya algún tiempo asistimos a un interesante proceso, desde el punto de vista de la comunicación política e institucional (que resulta más evidente en los ámbitos municipales pero que, por elevación, bien podría predicarse de otras esferas del gobierno y la acción de poder) que nos muestra una consolidación de las fuerzas de proyección del relato de las Ciudades que se dicen más vanguardistas a través de atributos e iconos vinculados a los nuevos trends de la innovación urbana (Smart City, Economía Circular, Resiliencia o la sobadísima Sharing Economy, por citar algunas) y que están ayudando a conformar una nueva gramática de la comunicación institucional y política al servicio de la estrategia de las ciudades y que, en ocasiones (aunque no siempre sucede) contribuyen a reconsiderar los activos intangibles que se proyectan del municipio .

Esta nueva lingua franca de la innovación urbana, que se recrea y reinventa de manera permanente a través de la interacción (fundamentalmente digital) de múltiples actores y stakeholders y que se proyecta como un vector de dinamización del marketing de ciudad, la diplomacia económica y el city branding, está abarcando espacios crecientes del espectro semántico de lo que entendemos por Ciudad y ha terminado por desplazar a otros conceptos y etiquetas que, por obra y arte de una suerte de obsolescencia narrativa programada, han entrado en franca decadencia narrativa.

II.- Ciudades, relatos globales y el nuevo shock identitario.

Si analizamos el estado actual de la competencia entre territorios, sus marcas y sus relatos, parece llegado el momento de ponerse algo serios con los daños irreparables que algunas estrategias de comunicación y marketing, y la apuesta por un enfoque narrativo híper-entusiasta y crecientemente estandarizado están provocándole a no pocas Ciudades de nuestro entorno, que en un contexto global de cambio y de cuestionamiento permanente de su propia identidad, navegan sin rumbo en un agitado mar de identidades, etiquetas y relatos superficiales.

Hablamos, en todo caso, del uso indiscriminado y acrítico de conceptos como Smart Cities, Sharing Cities, Circular Cities, Open Cities, Lab Cities y un largo (y abierto) etcétera de polisémicas categorías de lo urbano que han acabado por desnortar a nuestros gobernantes, que a costa de buscar su hueco en la rutilante galaxia de ‘Something –Cities’ acaban postrados en el diván del psiquiatra, incapaces de entender y ejercer un rol para el que no están ni llamados ni preparados.

Allí donde acaban los destellos del Powerpoint del asesor de comunicación y la seductora jerga del consultor de innovación, empieza la dura realidad del desempeño como Ciudad/Alcalde Emprendedora, Inteligente o Circular, exigiendo la toma de decisiones estratégicas e inversoras, la generación de consensos y apoyos ciudadanos y el sometimiento al escrutinio público, implacable con los conflictos de rol y con los dislates presupuestarios de las municipalidades.

Este shock identitario, que obliga a las ciudades a un ejercicio permanente de reflexión comparada con sus competidoras sobre qué son y qué quieren ser, las lleva, en no pocas ocasiones, a un estado de inquietante impostura y cuando no, a la sobre-reacción personalista, cuyos primeros síntomas suelen manifestarse en la erección indiscriminada de iconos que las hagan memorables. Pensemos, por ejemplo, en las costosísimas (y poco funcionales) Ciudad de la Artes de Santiago Calatrava en Valencia o en la Ciudad de la Cultura de Eisenman en Santiago de Compostela, discutibles testimonios de un mix de megalomanía, delirio y arrogante vocación de notoriedad mundial basada en la especialización icónica (en los nichos de la innovación/cultura) de dos ciudades medias españolas, incapaces de promover, entonces, un relato auténtico de sí mismas.

Igualmente, en la raíz de este conflicto global de personalidad que sufren de manera creciente muchas de nuestras ciudades y que se manifiesta en la adopción acrítica de etiquetas semánticas que las definan y particularicen se encuentra, también, un grupo de razones que apuntan a ciertos patrones de inercia y mimetismo (dejarse llevar), a la pura rivalidad (tantos municipios que todos conocemos que han encontrado en la comparación superlativa con sus vecinos la horma identitaria que los define por contraste) y last, but not least, la indispensable necesidad de ciertos Alcaldes y equipos de gobierno de vigorizar mandatos y carreras políticas flácidos y erosionadas con la compra indiscriminada de esteroides narrativos que los hacen parecer mucho más fuertes, modernos y dinámicos de lo que en realidad son. Dejo a la imaginación y memoria del lector la tarea de identificar ejemplos recientes de relatos de que no pasarían un control ordinario de doping.

Obviamente, no todo esfuerzo de una ciudad por ejercer una influencia y relevancia globales resulta vano y controvertido. La historia reciente es generosa en ejemplos edificantes de construcción honesta de una reputación y narrativa urbana globales, que proyectan sus positivos efectos más allá de la vigencia temporal de estrategia y plan de branding territorial. En algunas ocasiones, la vocación universal de un territorio se sustenta en la genuina creencia en sus capacidades para competir en la liga de las grandes ciudades mundiales, sobre la base de un fuerte consenso local, un liderazgo abierto y compartido y la reflexión sosegada y crítica sobre el modelo y rol que el futuro le reserva a la ciudad, coherente con su identidad y trayectoria.

A nadie debería sorprenderle, por ejemplo, que Copenhagen y Amsterdam, históricos ejemplos de la jerarquización inteligente de los espacios urbanos en favor de una relación armónica entre vehículos y ciclistas, retengan, ex aequo, el cetro de capitales mundiales de la movilidad sostenible,a la vez que refuerzan el relato, la competitividad y la reputación de sus ecosistemas urbanos).

Del mismo modo, durante un tiempo, años atrás, fue unánime el aplauso colectivo para la excelente estrategia colectiva de transformación reputacional de la ciudad de Medellín, que pasó de resonar en la mente de todos como un oscuro lugar universalmente conocido por su vinculación con la criminalidad y los cárteles más sangrientos de la droga a convertirse en modelo ejemplar y reconocido de ciudad fértil para la innovación y el desarrollo, sobre la base de un fuerte liderazgo político y ciudadano, la indispensable dotación presupuestaria y el diseño y ejecución de interesantes políticas urbanas, que han incidido sobre la propia trama de la ciudad (por todas, el renombrado Metrocable) y, también, el ejercicio de una inteligentísima Diplomacia Urbana que llevó a sus líderes y representantes a coaligarse y perseverar en redes internacionales y a defender, con argumentos y astucia, el presente y futuro de la Medellín naturalmente innovadora en incontables foros mundiales.

En otro orden de cosas, acaso más coyunturales, no es casualidad que Sadiq Khan, que sucedió a Boris Johnson como Alcalde de Londres, -antaño una de las capitales mundiales con mayor proyección global-, decidiese, tras conocerse el resultado del referéndum post-Brexit, poner tierra de por medio con la emergente retórica proteccionista y autárquica, corriendo a encontrarse con la mediática Alcaldesa de París, Anne Hidalgo, para reivindicar la vocación universal y abierta de la ciudad (y su discutible posición como centro financiero mundial), aunque seguro habrá alguien que afirme, no sin razón, que en términos de liderazgo político al veleta Johnson le ha ido mucho mejor en su cursus honorum público que a la entrañable Hidalgo, vistos los pésimos resultados de su candidatura a las elecciones presidenciales francesas de abril de 2022.

III.- Traficantes de piedras preciosas: los nuevos minerales narrativos para las Ciudades Globales.

Cargadas con pesados disfraces, convalecientes de la cirugía estética o envueltas en gasas sutiles y filtros de Instagram, las ciudades, buscando proyectar la mejor de sí mismas, aun a costa de sacrificar su propia identidad y relato, se esconden tras brillantes artefactos narrativos, interpretaciones memorables y buenas dosis de storytelling para reivindicar su cuota de poder e influencia en una fase de la historia universal en la que desde múltiples atalayas se preconiza la llegada de un nuevo statuo quo para la Gobernanza mundial. Este nuevo tiempo, marcado por un contexto de apertura de agendas, la irrupción de nuevos liderazgos y la identificación de retos universales de innegable naturaleza urbana está dando carta de naturaleza a un nuevo orden global -de textura coral y sindicada- en el que las ciudades, sus actores y sus líderes están llamados a ejercer un papel más relevante, …con permiso de los Estados-nación.

El impulso generalizado de los nuevos relatos para las ciudades bajo formatos estandarizados (ahora son masivamente innovadoras, inteligentes, se desempeñan como Labs, son emprendedoras, etc), y la ausencia de un cuestionamiento preliminar sobre la propia identidad del territorio, está convirtiendo a muchas de ellas en huecos artefactos narrativos, cuando no, en zombies errantes, que proyectan una imagen que las hace irreconocibles para sus ciudadanos, visitantes y gobernantes, y que, como en el cuento del Rey desnudo’ de Hans Christian Andersen, nadie se atreve a denunciar, (esperando, tal vez, que la inocente imprudencia de un niño acabe por pinchar la burbuja narrativa).

A la indudable tentación colectiva de brillar en el firmamento de capitales globales, se suma el deseo de posteridad de Alcaldes y Concejales, que es inversamente proporcional a la duración de sus mandatos políticos. Por esta razón, y en el marco de un estado de delirio colectivo, y coqueteando abiertamente con la impostura, el artefacto kitsch y la copia indiscriminada, no pocas ciudades han abrazado, sin mayor cuestionamiento, una estrategia de reinvención total de su forma de estar (y parecer) en el mundo, explotando nuevos relatos y minerales narrativos para su proyección global, que las hace vulnerables ante el escrutinio global y los ritmos de un mundo que se mueve a golpe de cambiantes agendas digitales para los próximos 5 minutos .

Tras años de experimentos y no poco tráfico de humos e imposturas institucionales parece llegado el momento de ponerse algo serios con los daños irreparables que algunas estrategias de comunicación y marketing, y la apuesta por un enfoque narrativo híper-entusiasta y crecientemente estandarizado están provocándoles a no pocas Ciudades de nuestro entorno, que en un contexto global de cambio y cuestionamiento permanente de la propia idea de poder, representación y autoridad, navegan sin rumbo en un agitado mar de identidades, etiquetas y relatos superficiales.

Este shock identitario, que obliga a las Ciudades a un ejercicio permanente de adaptación ontológica por comparación con sus competidoras (qué son, qué quieren ser) y a un estado de inquietante impostura, se justifica, en no pocas ocasiones, bajo premisas que apuntan a la oportunidad de las Ciudades y sus líderes (algo menos, de sus comunidades) de desempeñar un papel relevante e influyente en la nueva Agenda Global de la Gobernanza Mundial, inaugurando una era que preconiza la consolidación de un ‘nuevo siglo de las Ciudades’ preñado de beneficios para quienes logren encarnar este nuevo liderazgo abierto, moderno y colaborador, crecido a la sombra de la ineficacia de los Estados-nación para responder de manera ágil a los retos del milenio.

Aun asumiendo la premisa de la erosión de la idea tradicional del poder y de su ejercicio, y la relajación de barreras de entrada para el desempeño de un nuevo liderazgo por parte de nuevos actores como las Ciudades y las Redes y Tribunas y Plataformas colaborativas que las aglutinan (caracterizado por la mayor capacidad de aquéllas para situar temas de cariz ‘urbano’ en las Agendas globales y proponer y desarrollar soluciones articulables desde una ágil colaboración público-privada), lo cierto y verdad es que no todas las ciudades ni todos los líderes urbanos están llamadas al proceso (por razones muy diversas que van desde el tamaño, PIB, organización, relevancia, estrategia y proyección de aquéllas hasta la dolorosa ausencia de un estimable liderazgo personal público/privado entre sus filas) y esto hay que saber explicarlo, y asumirlo con deportividad, en su caso.

Así, el impulso generalizado de estos nuevos relatos para las ciudades (innovadoras, resilientes, ciudades como labs, emprendedoras, etc), bajo formatos estandarizados y sin asomo de un cuestionamiento preliminar sobre la propia identidad del territorio está convirtiendo a no pocas urbes en huecos artefactos narrativos, que proyectan una imagen que las hace irreconocibles para sus ciudadanos. Hablamos del uso indiscriminado y acrítico de conceptos como Smart Cities, Sharing Cities, Circular Cities, Open Cities, Lab Cities y un largo (y abierto) etcétera de polisémicas categorías de lo urbano que han acabado por desnortar a nuestros gobernantes, visitantes y vecinos, generando no pocos conflictos de rol (y cuando no, dislates presupuestarios).

En cualquier caso, impulsadas por un estado de delirio colectivo, y coqueteando abiertamente con la impostura, el artefacto kitsch y la copia indiscriminada, no pocas ciudades han abrazado, sin mayor cuestionamiento, una estrategia de reinvención total de su forma de estar (y parecer) en el mundo, explotando nuevos relatos y minerales argumentales para su proyección global, compitiendo con otros territorios por la relevancia, la influencia y el monopolio de los iconos de la modernidad.

Desde la delirante y adictiva tematización de las Ghost Towns chinas (retratadas brillantemente por Bianca Bosker, en Original Copies: Architectural mimicry in contemporary China paradigma de la duplitectura (esa cultura de la sonrojante copia en la edificación y el urbanismo chinos que nos lleva a encontrarnos con copias a escala de París en el lejano oriente) hasta la enésima proclamación de una ciudad como la ‘Capital Mundial de la Innovación‘, la ‘Silicon-something’ o el ‘Territorio Universal del Emprendimiento’, el relato de la creciente impostura urbana resulta siempre apasionante.

Si observamos a nuestro alrededor, podremos detectar una creciente legión de capitales que, partiendo de estrategias y reflexiones frecuentemente solventes, han abrazado el arte del storytelling urbano y la nueva diplomacia de ciudad, buscando erigirse en territorios idóneos para la innovación (París, Buenos Aires, Lisboa), el emprendedurismo (Amsterdam), la inteligencia urbana (Barcelona), la nueva economía colaborativa (Seúl) o el enfoque low carbon (Copenhangen), por citar algunas. La apuesta por la narrativa fácil nos sitúa ante los riesgos de la comoditización del producto y la fatiga argumental, pues podría parecer que todos ofrecen lo mismo al mismo tiempo. Esta reflexión no es incompatible con el reconocimiento y el aplauso a otras iniciativas de diplomacia urbana y proyección global de ciudades que se desarrollan en nuestro entorno (Málaga, Madrid, Bilbao) , no dejando de parecer ventajista – y ciertamente lo es – que yo reclame ese endoso para estrategias que bien conozco como Alicante Futura o ALIA, Alicante Investment Agency, ambas en esta capital del Mediterráneo español desde la que escribo y trabajo.

IV.- Ciudades que juegan al Risk en el tablero de la nueva Gobernanza Global.

El proceso de universalización urbana se ha visto potenciado en los últimos tiempos por la creciente atención mundial hacia el papel de las ciudades en la proposición y ejecución de soluciones ante los retos de este siglo XXI (sean estos poblacionales, ambientales, económicos etc, pero todos de naturaleza eminentemente urbana) y por el reconocimiento universal de la capacidad de los gobiernos municipales de utilizar el Soft-Power para implementar políticas ágiles frente a aquellos desafíos, sin la pesadez, solemnidad y el inevitable esfuerzo transaccional (negociación con múltiples actores y esferas de intereses) que se atribuye a la acción de los Estados-nación.

Que nadie se ofenda. Hay ciudades que pesan más que otras.

Y hay líderes urbanos que, por diversas razones, cualidades y circunstancias, logran trascender su esfera natural de acción pública logrando influir, de manera sutil y efectiva, en la agenda global de gobierno, a la vez que proyectan una visión fiable, competitiva y seductora de las ciudades y los ecosistemas sociales de naturaleza urbana a los que representan. Estos nuevos actores de la escena política mundial, que reclaman su espacio en las mesas y ágoras en las que se toman las decisiones más trascendentes para nuestro planeta están consolidando, con su acción coordinada, planificada y abierta a la colaboración de particulares, empresas e instituciones, un nuevo paradigma de Diplomacia Urbana que anuncia la llegada de un estimulante siglo de las Ciudades, que empieza a enseñar sus credenciales.

Es verdad; no es la primera vez ni lugar en el que afirmo que las Ciudades, por méritos propios, por su capacidad de responder con agilidad, cercanía y creatividad a los desafíos que asoman en el horizonte de la política y la gestión territorial, y por haber sido capaces de concertarse y sindicarse en plataformas sólidas que las agrupan frente al poder convencional de un statu quo nacido y ordenado al calor de la teoría de los Estados-Nación, están llamadas a marcar la agenda pública internacional, asumiendo un liderazgo total impensable hace unos años.

Sin embargo, y aunque todos los expertos señalan a los gobiernos municipales como verdaderos protagonistas en la gestión de los desafíos ante el futuro del planeta, y a las ciudades como laboratorio esencial para el ensayo de políticas públicas y soluciones que afectan a la convivencia global, existe un verdadero gap entre la voluntariosa y creativa co-responsabilidad de los actores locales en la proposición de soluciones para estos problemas y el poder político real y los recursos y financiación de los que disponen las ciudades para hacerlas efectivas, que trataré de analizar en el presente artículo.

Creo no equivocarme al apuntar que si queremos avanzar de manera real en términos de progreso y bienestar territorial y dotarnos de las mejores herramientas, procedimientos y capital humano para abordar con agilidad y efectividad los retos que nos impone este siglo frágil, tecnológico y líquido, acercando el ejercicio de poder a la ciudadanía que resulta destinataria prima facie de estas políticas públicas, nos vemos obligados a proponer una reflexión serena y razonada, sin ultraísmos, basada en un nuevo enfoque y perspectiva de la descentralización política y administrativa territorial que permita a los poderes locales ejercer, con solvencia y capacidad de respuesta, su parte alícuota de poder para atender a las crecientes y variables necesidades de la población urbana y retos del milenio (ambientales, poblacionales, de equidad y participación, entre otros) promoviendo la implementación de políticas nacionales que así lo permitan.

Es el Nuevo Poder Urbano. Algo más que un recurso en manos del marketing territorial o un hype de los que eventualmente colonizan la conversación digital global, sometidos a la obsolescencia programada de los sub-productos narrativos perecederos.

En cualquier caso, y pese a que la literatura sobre el rol de los estados – nación y las entidades políticas supramunicipales (regiones, lander, comunidades autónomas etc) es abundante, se ha prestado menos atención (algo a lo que voces autorizadas como la del profesor Juan Luis Manfredi, entre otros, están poniendo remedio) al emergente papel de las ciudades en esta arena internacional y a las herramientas, estructuras y estrategias que desde los ámbitos públicos (pero también desde los privados) de estas ciudades se idean y ejecutan para la promoción, defensa y protección (proactiva y reactiva) de sus específicos intereses y de sus activos intangibles (reputación, identidad, marca), con niveles de éxito aceptables, dado el contexto actual.

Vivimos una hora global de las ciudades, aunque a algunas les esté costando desperezarse y ponerse en marcha. Basta mirar por la ventana todos los días para convencerse de que los retos de este milenio que enfrentamos se declinarán en clave urbana, de que muchos de los desafíos de nuestra sociedad van a tener (están teniendo) lugar en nuestras ciudades, convertidas en unas vibrantes placas de petri en las que confluyen y colisionan todas las fuerzas y contradicciones de nuestra sociedad (ambientales, económicas, sociales, culturales) y de la que terminarán saliendo, también, las soluciones a tantos de los problemas que nos aquejan y no pocos de los líderes que las pondrán en práctica.

El siglo XXI, este siglo de las Ciudades, está asistiendo a la conformación y expansión de un Nuevo Poder Urbano (NPU / NUP, New Urban Power), de un liderazgo nacido y fortalecido desde lo local, desde lo municipal y lo cercano, que participa de una serie de características que lo hacen singular y ciertamente idóneo para enfrentar algunos de los desafíos de la humanidad en las próximas décadas. Un Nuevo Poder Urbano seductor, capaz y generoso, organizado más allá de las estructuras convencionales de gobernanza, en las que o no encaja o no lo dejan encajar.

Sin embargo, aunque todos los dedos expertos señalan a los gobiernos y actores municipales como verdaderos protagonistas en la gestión de los desafíos de futuro del planeta, y a las ciudades como verdadero laboratorio para el ensayo de políticas públicas y soluciones que afectan a la convivencia global de la humanidad, existe un verdadero gap entre la voluntariosa y creativa co-responsabilidad de los actores locales en la proposición de soluciones para estos problemas y el poder real y la financiación y recursos necesarios para hacerlas efectivas. Como dijo alguien, las ciudades están siempre en el menú pero casi nunca sentadas a la mesa.

Esta circunstancia de enanismo político de las ciudades, que se verifica todos los días en múltiples instancias nacionales e internacionales obliga a proponer una reflexión serena y razonada, sin ultraísmos, basada en un nuevo enfoque y perspectiva de la descentralización política y administrativa territorial que permita a los poderes locales ejercer, con solvencia y capacidad de respuesta, su parte alícuota en la atención a las crecientes y variables necesidades de la población urbana promoviendo la implementación de políticas nacidas de un consenso global entre los distintos actores locales, que comparten objetivos, diagnóstico y soluciones a los retos de naturaleza urbana que enfrentaremos en los próximos años.

Ahora que las ciudades han conseguido –muchas veces de manera impropia y ciertamente audaz- atraer la atención global hacia lo urbano y situarlo en la agenda pública y de gobierno, hacen falta instancias, recursos y ventanas de oportunidad para que este Nuevo Poder Urbano, que despunta por todos los rincones del planeta, se enseñoree, se legitime y consolide.

La realidad es, sin embargo, bien distinta. Quienes estudiamos en la Universidad, años atrás, el principio de subsidiariedad de la Unión Europea como uno de los fundamentos de su ejecutoria pronto asumimos que el poder más cercano era – con algunos matices- el más sensible y eficaz para analizar y dar respuesta a los problemas de la ciudadanía, aunque la realidad nos haya enseñado otra cosa.

Así, y pese a que cuestiones de orden organizativo y operativo aconsejan unas capacidades gubernamentales de decisión y acción marcadas por el criterio de proximidad y por la agilidad para enfrentar los problemas sin intermediarios, los protagonistas de la Política (con mayúsculas) y de las Relaciones Internacionales, fundamentalmente, los Estados-Nación y los distintos poderes territoriales (Regiones, Federaciones etc) siguen mostrándose reticentes a ceder cuotas de poder y financiación a los gobiernos locales y entidades metropolitanas, negándoles, igualmente, la capacidad de interlocución y acuerdo en las grandes mesas de decisión global, lo que no ha impedido que aquellos hayan hecho resonar su voz y su mensaje más allá de las cercas, los boletines oficiales y empalizadas que protegen el statu quo de nuestras democracias liberales.

Por mucho que se hable de conceptos como la nueva gobernanza, el nuevo orden mundial o la civilización urbana – por citar tres de los que mejor fortuna han hecho entre la doctrina y los gabinetes de comunicación gubernamental-, la obstinada preterición de los actores locales es un hecho acreditable, con difícil solución política, en un momento en el que la gestión de la pandemia del Covid-19 – una verdadera trituradora de liderazgos públicos -y sus consecuencias de orden gubernamental (entre las que destaco las cuestiones de orden público pero también el manejo de los cuantiosos fondos de recuperación comunitario) nos han devuelto una imagen de unos Estados centrales fuertes y crecientemente cómodos con los nuevos haces de fuerzas centrípetas que refuerzan su posición frente a otras instancias gubernamentales territoriales.

V.- Contra las Ciudades de Instagram: El buen diseño de la ciudad como argumento para la competitividad global de los territorios.

Creedme. En esta carrera por la proyección global de ciudades y relatos de capitales que compiten entre sí no hay soluciones infalibles ni fórmulas mágicas plenamente replicables, aunque sí algunos recursos que han probado su eficacia en muy distintas circunstancias y latitudes.

En este senntido y dado el creciente manoseo al que estamos sometiendo a los nuevos minerales de la comunicación política e institucional (innovación, inteligencia, economía colaborativa etc) y a la sorprendente impostura en la que incurren territorios y líderes municipales en la presentación de sus credenciales internacionales, resulta sorprendente que pocas ciudades hayan realizado un ejercicio de introspección y análisis de sus activos y recursos más asequibles y relevantes en términos de identidad para construir sobre ellos un relato interesante, atractivo e influyente en el teatro global de la reputación y el branding como atributos privativos de su particular Soft-Power, prefiriendo sembrar el mundo de Valles de Silicona difícilmente reproducibles más allá de la Bahía de San Francisco.

De igual manera, la vocación (llamada) global convertida en tenaz empeño de muchos territorios y que afecta a muchos ámbitos de ejercicio del gobierno municipal de las ciudades (programas de inversiones, políticas industriales, estímulos fiscales y empresariales, turismo, políticas de empleo e internacionalización de activos e infraestructuras etc) incide, de manera especial en el campo de la (re) planificación urbana y el diseño de la ciudad (verdaderas palancas de transformación y dinamización comunitaria y reclamos para la inversión exterior), aunque no siempre emerge este plano de la acción sobre la forma y sustancia de la ciudad como la primera dimensión para la proyección global de las ciudades.

La pandemia global que nos ha afectado durante dos largos años ha tenido un efecto lenitivo sobre las ciudades, su visión y compromiso, sus modelos y gobernanza y sobre la materialización de nuevos liderazgos de raíz urbana emergidos y consolidados en una época de enormes desafíos y dificultades.

Con el pasar de los meses, y tras el shock de ver nuestras ciudades y nuestras vidas vaciadas por la emergencia sanitaria global hemos ido recuperando los espacios urbanos, – ‘volveremos a nuestras ciudades’ escribí entonces – comprobando cómo de manera paradójica, la habitabilidad del territorio, el urbanismo de calidad, la optimización y jerarquizacion de usos urbanos y su potencial reversibilidad adaptativa, la funcionalidad de los espacios públicos y la belleza, en fin, de nuestras ciudades no se encontraba entre las prioridades de las agendas de gobierno, volcadas con otras necesidades que ahora han cedido el lugar a políticas públicas que buscan profundizar en el buen diseño territorial y sus capacidades de interacción con una ciudadanía cada vez consciente del valor de los espacios públicos urbanos y cada vez más resuelta a reivindicarlos ante sus gobernantes

Las Agendas Urbanas, los ODS o las peatonalizaciones de nuestras ciudades, que no ocupaban un lugar preferente en la agenda de la política municipal que se decía con vocación global, han ido colonizando los discursos y los presupuestos municipales, superando aquella época en la que el urbanismo cumplía su función de instrumento proveedor de recursos inmobiliarios concebidos bajo estándares de pura funcionalidad y sometidos exclusivamente a las leyes de un mercado especulativo que se ha revelado no pocas veces nefasto para nuestras ciudades.

Hasta la fecha, y por razones naturalmente distintas, sólo las súper-capitales mundiales como Nueva York, Londres o París habían invocado este recurso al buen diseño urbano como atributo de su relato global, seguidas de cerca, por méritos propios, por ciudades naturalmente bellas como Barcelona, Amsterdam, Viena o Vancouver, por citar algunos ejemplos de lugares en los que la narrativa de ciudad y el buen diseño y los criterios estéticos se alinearon para dar forma a un imaginario universal que las convirtió en destinos seductores e interesantes. Hoy, sin embargo, uno de los activos tangibles y factores de competitividad más reseñables de las ciudades es, precisamente, su buen diseño, su funcionalidad y su apuesta por la vida de proximidad, de calidad y concebida bajo ópticas de escala humana, un activo especialmente sensible y natural para las ciudades mediterráneas.

En esta época de las banderas de conveniencia, la autenticidad cobra especial fuerza, aunque ello no nos ahorrará la contemplación de imágenes de ciudades que o bien se emborronan por la mezcla indiscriminada de los nuevos vectores narrativos (ciudades innovadoras, emprendedoras, resilientes, inteligentes, sostenibles y así hasta el empacho) o se ocultan bajo varias capas de maquillaje tecnológico e impostura digital (Urbanismo de Instagram lo he denominado en alguna ocasión) presentándonos territorios subyugados bajo el imperio del artefacto, el pragmatismo más lacerante y la dictadura de lo kitsch, como tuve ocasión de analizar en mi Manual para Fieles de la Innovación Urbana: Estrategias de Comunicación de la Ciudad, publicado tiempo atrás.

VI.- Un nuevo Liderazgo para un mundo cada vez más urbano, aunque más frágil y peligroso.

Vistos estos precedentes cabe añadir que este poco peso específico orgánico de las ciudades y sus actores en el panorama actual se produce en un contexto de intenso ruido global, de imperio de la mentira (fake news) y de agit-prop, especialmente evidente en las redes sociales, esas campanas de resonancia en las que los algoritmos juegan con nosotros, aunque no nos importe demasiado.

A este escenario de volatilidad institucional se incorpora, además, otro factor de riesgo de naturaleza sistémica, como es, sin duda la creciente desafección ciudadana hacia el poder y las instituciones que lo representan, proceso que se ve favorecido por el deterioro del pacto de confianza entre gobernados y gobernantes y la percepción sobre el incremento de las desigualdades sociales, por más que la nuestra sea la generación occidental que disfruta de los mayores estándares de calidad de vida de la historia.

Esta sopa agria de descontento global, que nos recuerda a esa primavera de la esperanza y al invierno de la desesperación que nos regaló Charles Dickens en el primer párrafo de su ‘Historia de dos ciudades’, es un recurso que está siendo utilizado, con cierto éxito y torticeras intenciones, por los populismos de toda índole que asoman por los rincones de nuestras democracias, dispuestos a ofrecer soluciones súper sencillas a problemas extremadamente complejos, que a veces parece mentira que no se le hubiesen ocurrido a nadie antes, aunque no esté en su espíritu –que se agota en la voluntad de demolición del sistema- el llegar a aplicarlas nunca.

Finalmente, si de contexto hablamos, no podemos olvidar, como causa eficiente de este proceso vicioso que describo, el evidente desgaste de los fundamentos de la autoridad pública y el vaciamiento de la función y ejecutoria de la intermediación, (el poder ya no es lo que era) pues muchos de los procesos, instancias y protocolos tradicionales que conectaban a los gobiernos y autoridades con los ciudadanos han saltado por los aires gracias a las tecnologías, los recursos digitales, esa mantra del dichoso tiempo real y una cierta cultura (tal vez más una ensoñación romántica que una verdadera conquista) del DIY, ese do it yourself que esgrime una sociedad crecientemente organizada al margen de las instancias de poder, o al menos temporalmente convencida de estar viviendo una suerte de emancipación reverberada en las redes sociales, proceso desigual que tampoco ha alumbrado grandes episodios de transformación universal, todo sea dicho for the record.

En este estado de cosas, las Ciudades, compitiendo con los actores estatales por influir y dotar de forma y contenido a la agenda pública global, están consolidando un nuevo Liderazgo Urbano, basado en el desarrollo de habilidades blandas, la organización y cooperación entre iguales o el recurso a la innovación, el ejercicio de la influencia y el despliegue del Soft-Power, ese poder blando que han perfeccionado como nadie algunos mandatarios urbanos contemporáneos y que se articula a través de la seducción, los intangibles y la conversación global.

En el plano y visión corta las enseñanzas son palmarias. Es probable que en este momento de sacudida global que nos ha ocupado durante los dos años (…) de pandemia hayan sido las ciudades y con ellas aquello que entendemos como la vida urbana, las más afectadas por las medidas derivadas del estado de excepcionalidad gubernamental y las más interpeladas, a su vez, por los pronósticos de una legión de oportunistas adivinadores que ven ahora en nuestras urbes la representación de los males de la humanidad y el crisol de todos los contagios futuros, unos lugares sospechosos que amenazan la nueva normalidad global organizada en círculos de respeto del social distancing, ese nuevo canon de la desconfianza y la prevención que ha terminado por imponerse en estos días de alerta sanitaria.

Pese a estos negros vaticinios, las ciudades están siendo ya la zona cero de nuestra recuperación moral y económica, el lugar del que partirán las soluciones colectivas que nos devuelvan a una senda de razonable cotidianidad y de revisado progreso cuando todo haya pasado, exigiendo el despliegue de los mejores atributos y liderazgo que caracterizan al Nuevo Poder Urbano,  ese ensemble de responsables políticos e instituciones locales, comunidades urbanas y ecosistemas emprendedores e innovadores concentrados en nuestras urbes y que constituye uno de los activos principales de nuestros territorios y que han sabido conectarse y organizarse durante años en ágiles redes globales de cooperación inter pares de manera alternativa a los sobrios y pesados canales relacionales de los Estados-Nación.

El nuevo Liderazgo urbano, cuya vistosa ejecutoria ha venido marcando durante el último lustro una vía alternativa para el ejercicio de una Gobernanza global más abierta, desenvuelta y cercana a la atención de los recurrentes desafíos de un planeta fuertemente urbanizado, va a reclamar en este momento de reconstrucción, en esta hora que nos enfrentará de manera colectiva a nuestro particular New Deal, su cuota parte de poder político, la vigencia de su Agenda y la capacidad presupuestaria y de gestión para desplegarla con efectividad.

El mundo de mañana, -que me perdone Stefan Zweig– que asoma ya entre los negros jirones que ha dejado este virus morboso y canalla, nos presenta un escenario en el que va a haber debates, prioridades y personajes políticos y sociales que, de repente, nos van a parecer viejísimos, desubicados y totalmente prescindibles.

En esta era post Covid-19, en un planeta obstinadamente global y conectado, en el que seguirá habiendo guerras, injusticias e infinidad de desafíos políticos, sanitarios o climáticos tan urbanos como universales, y si los populistas y los apologetas del aislacionismo no lo impiden, vamos a ver emerger nuevos liderazgos, renovados métodos para la concertación política y la colaboración público-privada, así como un impulso a las soluciones innovadoras globales y escenarios para la cooperación y el entendimiento pragmático entre actores diversos, rubros para los que las Ciudades, los integrantes del Nuevo Poder Urbano llevan años perfeccionando sus habilidades y competencias.

Quién sabe si la presión total por abrazar indiscriminadamente la bandera de este nuevo liderazgo abierto, moderno, colaborador y decididamente global y el recuso a los artefactos del storytelling y la ipostura abrirán nuevos brechas entre lo que nuestras ciudades (y mandatarios) son, y lo que quisieran ser.

El tiempo lo dirá.

Contacto: pablo@sanchezchillon.com /


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