[MÁLAGA, A.D. 2027]

[13.12.2021]


Por Pablo Sánchez Chillón. Abogado. Analista. Director del Foro Global Territorio – GlobalGOV


Málaga, for example.

Afirmaba con razón mi amigo Parrado, mientras desplegaba su locuacidad al timón del velero Miraver entre nieblas otoñales del poniente de la Isla de Ons, que a Confucio, como más tarde le sucediese a Winston Churchill o al propio Steve Jobs, se le atribuyen numerosas citas de las que echar mano en casi todos los órdenes de la vida, aunque nadie se acuerde hoy del pobre amanuense que armado con una tablilla y un punzón le acompañaba sin rechistar para anotar, pensando en todos nosotros, todas y cada una de las frases brillantes que el maestro pronunciaba.

Es verdad que muchas de estas sentencias le son difícilmente imputables por puro apócrifas o inventadas, pero acaso, aquella que reza “Me lo contaron y lo olvidé; lo vi y lo entendí; lo hice y lo aprendí” sea coherente con esta era actual de saberes pragmáticos y habilidades y en todo caso, útil para este artículo de opinión sobre ciudades que a fuerza de probar su estrategia, tesón y trabajo consiguieron destacar por delante de otras.

Quienes miramos a Málaga desde fuera sentimos una curiosidad enorme, rayana en la admiración.

La ciudad compite desde hace años, de manera descarada, solvente y sin complejos, con otras capitales mejor armadas y más esperables en ese gran teatro de espejos deformantes que es la economía global, y lo hace proyectando con finezza la imagen de una capital moderna, pujante, poliédrica y quintaesencialmente mediterránea, sin valerse de la atención mediática, el doping presupuestario y las primas y pócimas fortificantes que otras ciudades reciben, desde antaño, por vía institucional con cargo a los PGE.

La Málaga de la Exposición Universal de 2027 (A.D. 2027), la de las colecciones rusas, la del Parque Tecnológico y el Pompidou, la del Centro de Ciberseguridad de Google o esa Málaga hedonista que te conquista con una impagable cerveza en los Baños del Carmen – debates sobre gentrificación, modelos de convivencia, jerarquización de espacios urbanos públicos y privados y otras hierbas académicas aparte-, es hoy una capital cosmopolita tan sureña como seductora que sorprende por igual al viajero, al erudito, al nómada digital o al inversor educado.

Quienes se cruzan en el juego de luces largas de la capital costasoleña, y tras la desconcertante sensación provocada por el primer destello, terminan rendidos ante el atractivo de esta Málaga de los milagros, entregados aesa habilidad casi fenicia de sus actores y valedores de proyectar, con sentimiento de gregaria pertenencia a un proyecto en desarrollo, la imagen de una capital vibrante y competitiva que va por libre, avanzada cinco o diez años en su estrategia, influencia y ejecutoria a sus más directos competidores.

Y no se trata sólo de una percepción generalizada entre iniciados en las artes de la proyección internacional de ciudades o una opinión fundada entre la plétora de observadores y entendidos que deambulan alrededor de las buenas oficinas de promoción económica municipales de nuestro país, sino que este relato de la Málaga todo terreno apunta a un fenómeno más rico y complejo, que ha provocado que la capital sureña termine contando y puntuando alto en los rankings más amables de notoriedad urbana.

Si hablamos de capacidad de generar atención internacional, de atraer proyectos de inversión con impacto económico y mediático, y de competencias y ganas de competir desde esta España en la que los indicadores macro y el riesgo-país se tiñen de grana y rojo semana tras semana, a Málaga le está pasando, últimamente, que buena parte de las batallas que decide librar en clave de diplomacia urbana las está ganando con cierta solvencia y casi sin despeinarse, recogiendo los frutos de una visión, de un trabajo colectivo y del triunfo de un relato bruñido con esmero y oficio desde hace años, elevada por méritos propios y algunos deméritos ajenos, a ese pedestal de relevancia universal poco habitual para una ciudad de su escala y características, a la que le bastaría dormir la siesta del turismo de masas para justificar la inercia de sus

Por cierto, y para centrar el tiro: escribo estas líneas desde Alicante, capital de una provincia que guarda interesantes parecidos y trayectorias con la malagueña; a saber, un PIB, población y niveles de creación de empleo que las sitúan en la parte alta del ranking español, y acaso, dos provincias – y sus capitales- crecidas y fortalecidas en su identidad en un escenario de permanente desafío y discusión alrededor de las asimetrías, diferencias de trato y de algunos desafectos que reciben de las capitales autonómicas, Valencia en un caso, Sevilla en el otro.

La capital alicantina, con Málaga, Valencia o Zaragoza, por citar las más activas en nuestro país, compite, de manera más o menos evidente, en esa interesante batalla que las urbes medias están -estamos- librando por ganar, -por una cabeza, como en el tango de Gardel-, nuestro lugar en ese futuro de oportunidades que dibuja el escenario marcado por el día después del coronavirus, que ha terminado por imponer la criminalización – acaso injusta- de la vida en las grandes capitales, lugares atestados, potencialmente inseguros e impersonales, incompatibles con los nuevos usos laborales, sociales y convivenciales y esa reformulación de prioridades y preferencias personales provocadas por el mordisco persistente de la pandemia.

Málaga antes, y en menor medida ahora otras ciudades meridionales de tamaño medio que empiezan a desperezarse y a ensayar ante el espejo el papel de emergentes potencias territoriales, han asumido, forzadas por la sacudida sistémica en la que andamos inmersos, la imperiosa necesidad de impulsar una diversificación de los modelos productivos que las sostienen, reflexión que ha pasado a incorporarse como un mantra tibetano a la ejecutoria y la comunicación política de los gabinetes de gobierno municipales. En este proceso -y acaso ese sea el mérito más notorio de este esfuerzo colectivo malagueño, alicantino, valenciano- la vocación y el compromiso por ejercer una diplomacia económica y tecnológica de ciudad tan ambiciosa como honesta y coherente, ha pasado a instalarse con fuerza en la agenda gubernamental y en la de los medios de comunicación, que identifican y reconocen esta vocación por proyectar los activos tangibles e intangibles de la ciudad como un valor a proteger y como fundamento y sustento de determinadas políticas públicas e institucionales. Vida y obra alineadas en un momento excepcional de nuestra humanidad.

El momento mediterráneo.

En un contexto en el que otras ciudades han renunciado a ejercer el papel de seductoras capitales amables del Sur de Europa, – y no puedo evitar aludir a esa Barcelona antaño global y hoy cada vez más pequeñita y encerrada en sí misma- son estas capitales meridionales (Valencia, Zaragoza, Alicante, por citar las más activas) las que están sacando réditos reales a este momento excepcional en el que las recetas, los modelos y las narrativas sobre el éxito territorial están cambiando ante nuestros ojos.

A mi juicio, apostar hoy por el despliegue y el ejercicio efectivo de una estrategia de diplomacia de ciudad es una decisión política tan valiente como útil y oportuna. Sin embargo, el hecho de haber tomado esta decisión décadas atrás y en unas condiciones menos evidentes y favorables es ciertamente meritorio, y por ello Málaga es hoy, en mayor medida que otras, el supuesto paradigmático, el caso de éxito y de estudio en este proceso de internacionalización de nuestras ciudades.

Asumida esta premisa, hay quienes ven en este proceso de internacionalización de la ciudad, desplegado al calor de una cierta componente personalista y de un liderazgo público ad hominem de factura tan audaz como contingente, una debilidad estructural y limitante, una suerte de espejismo con fecha de caducidad, entendiendo erróneamente que pasadas las personas y vencidos los mandatos, el espíritu de un tiempo y los éxitos de una generación de malagueños haya de diluirse y desparecer, obligando a la ciudad a replegar sus alas y escamotear sus encantos y su relato de urbe global y retadora.

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En todo caso, y escapando de ese mal tan extendido como invisible como es la autocomplacencia y la inercia, no está de mas recordar que la historia de la humanidad abunda en ejemplos de lo que entonces fue progreso y hoy es olvido. En nuestro análisis, y por lo que interpretamos desde fuera, Málaga vive instalada en una suerte de ensoñación permanente, en una marcha hacia adelante por jugar la liga de las capitales globales que compiten por convertirse en líderes de lo suyo, sea esto el turismo de masas, los contenedores culturales, la ciudad inteligente o, últimamente, la candidatura para una Exposición Universal consagrada a los ODS, esos Objetivos de Desarrollo Sostenible de la ONU que han teñido de color, algo de humo y buenas intenciones las agendas gubernamentales y corporativas, además de alentar el advenimiento de una “comunidad del anillo” (de colores) algo maximalista, inconcreta y tozudamente ecuménica en sus planteamientos y ejecutoria.

Málaga se ve fuerte y lo sabe, y los analistas foráneos la observamos con interés y atención, esperando el próximo movimiento, la próxima batalla que librará esta Málaga pionera, estratega, cosmopolita y algo veleta, compitiendo, sin rubor, por ser sede de los cuarteles generales de compañías globales a la vez que se empeña, no pocas veces, por la inercia entusiasta y los humores de optimismo que provoca la ebriedad de la internacionalización, en escalar rankings globales que duran 5 minutos, que es lo que tardan en disiparse las etiquetas, la polémica y el barullo en esas redes sociales que ha intoxicado de plástico, impostura y superficialidad los debates de la esfera pública.

La hora de los retadores.

Contra todo pronóstico, con el covid-19, las ciudades medianas hemos terminado de agruparnos detrás del safety car, y las diferencias y ventajas adquiridas por algunos territorios en los últimos años, en buena medida, van a dejar de ser relevantes cuando las autoridades hagan ondear la bandera de cuadros otra vez, lo que puede ser bien aprovechado por quienes han venido trabajando, con constancia y discreción, en sus estrategias de diplomacia económica y gestión de la influencia con la carrera neutralizada.

Una de las claves de este proceso de competición global entre ciudades estriba en la capacidad por dictar e imponer, con naturalidad, un canon de mediterraneidad y gioia di vivere que alimenta los yacimientos del soft-power, ese poder blando hecho de activos intangibles que los académicos utilizan para medir la influencia y la proyección global de los países y los territorios.

Photo by Harrison Haines on Pexels.com

No descubro nada al afirmar que si algo ha sabido hacer Málaga estos años ha sido el apropiarse, con naturalidad y sofisticado mensaje, de ese relato de capital sureña amable y fértil para los negocios, la tecnología y el emprendimiento en España, compatible con la defensa del estatus de una urbe vibrante, disfrutable y humana, y que ha hecho de la calidad de vida, esa única métrica e impreciso campo semántico en el que los españoles podemos dar lecciones sin complejos a un noruego, un japonés o un armenio de Yerevan, un recurrente atributo natural de su proyección como ciudad global.

Molestará, tal vez, a madrileños, valencianos o catalanes, pero Málaga – y ese es el toque de genialidad que retiene y esgrime la capital malagueña- ha terminado por personificar, frente a otros territorios que comparten ese adn y cosmovisión meridional, los valores y atributos de la-calidad-de-vida-de-una-ciudad-media-y-manejable, que utiliza con naturalidad en múltiples foros y ocasiones para cerrar acuerdos comerciales y de inversión por todo el orbe que la han situado como un destino interesante para que empresas y trabajadores fueran llegando durante años a la capital y terminen hoy por deslocalizarse, teletrabajar, ser resilientes o cualesquiera de esos términos convencionales y limitantes que la persistente pandemia ha terminado por popularizar.

La ciudad malagueña, primero, y sus retadores después, comprometió su relato con los yacimientos de su soft-power, ese poder blando hecho de activos intangibles que los académicos utilizan para medir la influencia y la proyección global de los territorios y que actúa como un torrente de seducción inagotable en manos de las ciudades más audaces de esta era de los algoritmos, el ruido y la inmediatez.

Sin embargo, más allá de estos esfuerzos, los logros y algunas polémicas que no superan, acaso, el limes de la capital malagueña, no son pocas las voces que afirman que Málaga necesita pararse a pensar, a plantearse qué quiere ser de mayor, buscando un reequilibrio que la vuelva a situar con naturalidad en las arenas y escenarios en las que la ciudad y su provincia saben brillar, alineando coherentemente su identidad, su trayectoria, sus fortalezas y el trabajo de tanta gente durante estos años, dentro y fuera de las instituciones, con sus legítimos objetivos estratégicos, habida cuenta de que la fórmula malagueña, la poción mágica que ha funcionado tan bien en la última década empieza a mostrar síntomas de fatiga de materiales.

Este análisis prospectivo, tan (incómodo) y conveniente antes de la ominosa pandemia es hoy, por razones de impacto económico que han puesto de manifiesto las debilidades y amenazas de los modelos de desarrollo de las capitales esencialmente turísticas, más necesario que nunca, habida cuenta del oneroso saldo que nos deja el corona-shock, que se resiste a disiparse .

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Sin incurrir en una enumeración caótica que no haría justicia al excelente momento del que disfruta la capital malagueña, se aprecia ya un recalentamiento del sistema en cuestiones que apuntan a los emergentes (y recurrentes) problemas de convivencia entre el turismo de masas y el respeto por la vida cotidiana de la ciudad, a ciertos desajustes a causa de la terciarización extrema de la economía local no compensados con la apuesta decidida por la industria tecnológica, a la escasez y encarecimiento del parque de vivienda residencial, a crecientes problemas de movilidad, a la falta de espacios de calidad en el corto plazo para la implantación de empresas y negocios, al peso notable de la burocracia en muchos órdenes institucionales, y en suma, a una cierta desconexión entre el relato público imperante y las aspiraciones y las vivencias de los ciudadanos, cuestiones que aunque compartidas por otras ciudades que retan ya a la capital malagueña constituyen por sí mismas una amenaza latente contra el relato ganador de esa Málaga habitable, mediterránea y disfrutable a escala humana.

África en los ojos.

Además de las escaramuzas más evidentes y los sectores más convencionales en los que nuestras capitales se han desempeñado (incluida la atracción de empresas de base tecnológica y el talento migrante), posiblemente, uno de los podios que Málaga nunca debió abandonar – y añado, que tal vez este renovado Alicante desde el que escribo, si termina de alinear visión, consensos y voluntades políticas con estrategias y presupuesto también pueda jugar su papel en este proceso -es aquel que le otorga su condición de palpitante centro gravitacional de las relaciones – institucionales, comerciales, culturales- entre el Sur de Europa y el Magreb y por extensión natural, con el continente africano.

África, pese a sus contradicciones y carencias, pese a su inestabilidad y la inseguridad jurídica que nos describen los telediarios, está despertando económica y socialmente y se ha convertido en un territorio de oportunidades y futuros, más allá de los recurrentes episodios geopolíticos y de esos clichés y titulares que nos devuelven la imagen de un territorio hostil, tribal, violento y obstinadamente atrasado.

Marruecos, ese país con el que Málaga / Alicante, comparten ribera mediterránea y algunas (pocas y anémicas) iniciativas institucionales es, junto a Sudáfrica y Nigeria, el país que lidera ya el proceso de transformación del continente, y debería convertirse en objetivo preferente de la diplomacia económica y comercial de nuestras capitales mediterráneas, dos campos de trabajo en los que la ciudad y la provincia de Málaga han mejorado su desempeño de manera evidente durante los últimos años y en los que Alicante, sede de Casa Mediterráneo, una de las Casas de la Red de Diplomacia Pública del Gobierno Español debería asumir un rol e iniciativa público-privada más consistente y ambiciosa.

El caso de Marruecos en este escenario Sur-Sur es tan excepcional como interesante para Málaga; nuestro a veces incómodo y correoso vecino enfrenta un proceso de modernización y de urbanización espectacular, a la vez que exhibe su condición de bastión contra el islamismo radical y de aliado leal de occidente, aunque incurra, por razones de incómoda vecindad, en sonoras y grandilocuentes disputas con nuestro país, que terminan resolviéndose en las salas y escritorios de las cancillerías.

Marruecos ha firmado en los últimos años centenares de convenios de cooperación para el desarrollo con casi todos los países africanos y lleva algo más de un lustro ejerciendo un intenso y productivo despliegue de su poder blando (soft-power) y su influencia en la región, propiciando el regreso del Marruecos de Mohammed VI (M6 en su novísima grafía digital) al tablero económico y político de África con un peso específico que no debemos descuidar.

Marruecos, cuyo primer socio comercial es ya España (por delante de Francia), que ha lanzado sustanciosos programas de becas para estudiantes sub-saharianos en sus Universidades, que ha situado en su gobierno y empresas a una elite formada profesionalmente en los ambientes liberales de los organismos multilaterales en Washington, constituye, cada vez más (y perdón por recurrir a un tópico inveterado de las relaciones internacionales) la puerta de entrada inteligente a un continente africano que se despereza.

El esfuerzo por analizar y entender desde la ciudad qué está pasando en esa África que corre briosa hacia su futuro y la consiguiente tarea de reivindicar un papel relevante en estas deseables relaciones Sur-Sur para esa Málaga de la innovación y la competitividad territorial, del emprendimiento, de la cultura y de la excelencia académica, para esa Málaga que ha librado con astucia y pragmatismo su exitosa batalla con otras capitales entretenidas en sacar lustre a su blasón y sus oropeles, debería figurar como una obligación pro tempore en la agenda de las instituciones malagueñas.

Esta reflexión es válida, también para otras capitales astutas, hedonistas y tozudamente mediterráneas como Alicante, aunque –honestidad obliga- la capital malagueña lleva casi dos décadas de ventaja en la gestión e implantación de su estrategia de proyección e influencia internacional a través de iniciativas y planes, eventos y políticas de atracción de inversiones, pero sobre todo, y esto es lo relevante, contribuyendo a situar a personas y prescriptores en los lugares clave en los que se toman las decisiones que afectan a la Diplomacia Económica de la ciudad.

Quiso el azar de la geografía y los vaivenes telúricos que Málaga encallara en el Mediterráneo, con un ojo mirando a Europa y con el otro a África, aunque este último se nuble no pocas veces con la arena que nos trae el viento Terral por el Levante. Alicante, descansa, inquieta, orilla arriba, planteando simetrías y complicidades con la capital malagueña a lo largo de esa línea Diagonal Sur que a través de Cartagena y Almería las une y conecta, componiendo un Med-4, una liga a cuatro de ciudades meridionales del Mediterráneo español que posee un enorme potencial en un escenario de colaboración, especialización y creciente competición territorial en la que el papel de las ciudades más dinámicas integradas en espacios supra-regionales de cooperación y defensa común de intereses y gestión de la influencia resulta cada vez más interesante y productivo.

El 2027 se acerca y con él, la hora global de las ciudades medianas exitosas que crecidas en entornos adversos y contextos de competencia total supieron, con trabajo, visión y generosidad cooperar para proyectarse más allá de una Expo Universal.

The show must go on (siempre y cuando las funestas predicciones del escritor J.J. Benítez para ese año 2027 no se cumplan…)


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