‘DIAGONAL SUR’: MÁLAGA, ALICANTE Y LA LIGA DE LAS CIUDADES MEDITERRÁNEAS EN MOVIMIENTO.


[Frente al modelo de la España radial, una visión vectorial del territorio hecha de alianzas estratégicas entre ciudades meridionales para competir en la era tecnológica y del conocimiento]

Por Pablo Sánchez Chillón. Abogado. Analista. Director del Foro Global Territorio – GlobalGOV.


“En aquel Imperio, el Arte de la Cartografía logró tal perfección que el mapa de una sola Provincia ocupaba toda una Ciudad, y el mapa del Imperio, toda una Provincia. Con el tiempo, estos mapas desmesurados no satisficieron y los Colegios de Cartógrafos levantaron un Mapa del Imperio, que tenía el tamaño del Imperio y coincidía puntualmente con él.

Menos adictas al estudio de la Cartografía, las generaciones siguientes entendieron que ese dilatado mapa era Inútil y no sin impiedad lo entregaron a las inclemencias del sol y de los inviernos. En los desiertos del Oeste perduran despedazadas ruinas del mapa, habitadas por animales y por mendigos; en todo el País no hay otra reliquia de las disciplinas geográficas”. [Jorge Luis Borges. Del rigor en la ciencia]



[09.03.2021]

[1] De lo radial a lo vectorial: el mapa ya no es el territorio.

Diagonal Sur.

Quizá nunca hemos mirado al mapa del país de esa manera, acostumbrado el ojo a la lógica de los esquemas de la España radial, tan previsible en sus hallazgos como los detalles de ese mapa de los geógrafos del Imperio de Borges, que de tan vasto y minucioso como el propio mundo al que representaba terminó resultando inútil y estéril para las generaciones venideras.

No es necesario viajar a los desiertos del Oeste sino a las costas del Sureste español para encontrar una línea de puntos en movimiento, una diagonal de palpitantes nodos urbanos que se conectan a lo largo de la vertiente mediterránea, uniendo ciudades (y provincias) como Valencia, Alicante, Murcia/Cartagena, Almería y Málaga y que comparten algunas cosas más que el horizonte azul, la ensoñación dorada y una forma de ver y entender el mundo alimentada por las aguas de ese Mar Mediterráneo que las abraza de manera perenne.

Una Liga de capitales medianas tan hedonistas como dinámicas, acostumbradas a la influencia y el intercambio secular con el exterior y que, poco pendientes, en general, las unas de las otras, han visto fortalecida en las últimas décadas su competitividad y proyección a base de mucho tesón, crecientes grados de especialización (económica, tecnológica, empresarial), una productiva cooperación y alineación de intereses entre los sectores públicos y privados y la imperiosa necesidad de competir para sobrevivir en un mundo global y conectado, sin renunciar a aquellas cualidades que las definen como ciudades amables, habitables y esencialmente mediterráneas.

Ajenas a las grandes decisiones gubernamentales y reivindicando su propio hinterland en ese continuo vectorial meridional, nuestras Med Cities llevan años resituándose estratégicamente en esa línea de contrapeso territorial que empieza a conformar esta Diagonal Sur, más allá de las tradicionales dinámicas hegemónicas definidas por esa huella indeleble hecha de influencia económica, primas de capitalidad, inercias institucionales y una indiscutible sobre-representación en la esfera pública con la que compiten, desde hace décadas, esas dos excelentes capitales que son Madrid y Barcelona.

Tirando de lugares comunes, y como en aquella canción de Raffaella Carrà, hay que venir al Sur”. Frente a la lógica de la España radial y las dinámicas centro-periferia, reproducidas a escala en muchos órdenes territoriales del país, planteo la tesis de una ‘Diagonal Sur’, – no es un concepto político-, que alienta una visión vectorial del territorio hecha de nodos conectados, especialización sectorial y tecnológica, intercambios dinámicos de conocimiento y capital y la consolidación de ecosistemas productivos de alto valor añadido localizados a lo largo de esa línea que une a las capitales meridionales del mediterráneo español.

Si hablamos de emprendimiento digital y de industria tecnológica (sean estas la Inteligencia Artificial, la robótica, el sector aeroespacial, el foodtech, proptech, el fintech o la economía azul y naranja, por citar algunos de los rubros más convencionales en los rankings de connoisseurs) o si regresamos al hype de las Ciudades Inteligentes (Smart Cities) y la nueva economía urbana, y fuera de esa isla mínima que es el País Vasco, son las ciudades de la Diagonal Sur, por desarrollo y maduración de los ecosistemas privados y por la alineación de las políticas públicas con los objetivos estratégicos de atracción de inversiones y consolidación sectorial, las que atesoran uno de los horizontes de desarrollo más prometedores y dinámicos para los próximos años, lo que está provocando un trasvase y deslocalización constante de compañías hacia estos polos mediterráneos de innovación y emprendimiento.

Recurriendo a Borges, tal vez, nuestra generación, menos adicta al estudio de la Cartografía, empieza a descubrir en los nodos urbanos del Sureste los jirones de esa cosmovisión de país hecha de centralidades fractales y movimientos centrífugos articulados alrededor de las dos capitales dominantes, obligada a reinterpretar los mapas y el territorio y, con ellos, las narrativas que los acompañan, al calor de la tozuda globalización y las nuevas dinámicas de cooperación y articulación de intereses entre vecinos meridionales.

Por último, y será objeto de un breve análisis en el último tercio de esta reflexión que hoy comparto, por múltiples razones de oportunidad, pero también, por la tozudez de la geografía política y económica, las capitales de nuestra Diagonal Sur están llamadas a jugar un papel esencial en el futuro de las relaciones económicas, culturales y de influencia con África, y en especial, con esa Diagonal Sur-Sur de ciudades y centros económicos y de poder cuasi simétrica a la española que discurre por el Magreb y desciende hacia el continente africano y en las que está empezando a fraguarse ese gran salto adelante que vive África.

Marruecos (y lo analicé profusamente en este artículo cuya tesis pude defender, precisamente, ante empresarios malagueños hace ahora exactamente un año por obra y acción de ese hombre del Renacimiento trasplantado a nuestros días que es mi amigo Enrique Benítez y la generosa hospitalidad de Julio Andrade), se ha convertido, por méritos propios, en una potencia regional emergente en materia económica y diplomática en África, generando interesantes dinámicas de proyección de intangibles e influencia en un continente que se despereza y que nuestras empresas e instituciones deberían conocer y aprovechar, más que lo que lo hacen ahora, por razones de vecindad ribereña, oportunidad estratégica y comunidad de intereses y proyectos.

[2] Málaga, por ejemplo.

Planteada esta tesis inicial cabe precisar que esta Diagonal Sur de Ciudades, en pleno proceso de configuración geoestratégica y económica en este momento, comienza acaso, y con carácter fundante, en Málaga, la capital de los milagros de la Costa del Sol, verdadera maestra en el arte de la Diplomacia Económica Urbana en nuestro país en los últimos años.

Quienes miramos a Málaga desde fuera sentimos una curiosidad enorme, rayana en la admiración.

La ciudad compite desde hace años, de manera descarada, solvente y sin complejos, con otras capitales mucho más potentes y esperables en ese gran teatro de espejos deformantes que es la economía global, y lo hace proyectando con finezza la imagen de una capital moderna, pujante, poliédrica y quintaesencialmente mediterránea, sin valerse del doping presupuestario y las primas y pócimas fortificantes que otras ciudades reciben, desde siempre, por vía institucional.

La Málaga de las colecciones rusas, la del Parque Tecnológico, el Pompidou, la CIFAL, el Centro de Ciberseguridad de Google o la impagable cerveza en los Baños del Carmen – debates sobre gentrificación, modelos de convivencia vecinal, jerarquización de espacios urbanos públicos y privados y otras hierbas académicas aparte- sorprende al viajero, al erudito y al inversor por igual.

Aquellos que se cruzan en el juego de luces largas de la capital costasoleña, y tras la desconcertante sensación provocada por el primer destello, terminan seducidos por el atractivo de esta Málaga de los milagros, entregados aesa habilidad casi fenicia de sus actores y valedores de proyectar, con sentimiento de gregaria pertenencia a un proyecto en desarrollo, la imagen de una capital hedonista y competitiva que va por libre, avanzada cinco o diez años en su estrategia, influencia y ejecutoria a sus más directos competidores.

Y no se trata sólo de una percepción generalizada entre iniciados en las artes de la proyección internacional de ciudades o una opinión fundada entre la plétora de observadores y entendidos que deambulan alrededor de las buenas oficinas de promoción económica municipales de nuestro país, sino que este relato de la Málaga todo terreno apunta a un fenómeno más rico y complejo, que ha provocado que la capital sureña termine contando y puntuando alto en los rankings más amables de notoriedad urbana.

Por lo que interpretamos desde fuera, -corríjanme si me equivoco- Málaga vive instalada en una suerte de ensoñación permanente, en una marcha hacia adelante por jugar la liga de las capitales globales que pugnan por convertirse en líderes de lo suyo, sea esto el turismo de masas, los contenedores culturales, la economía digital o, últimamente, la candidatura para una Exposición Universal consagrada a los ODS/SDG, esos Objetivos de Desarrollo Sostenible de la ONU que han teñido de color, algo de humo y en general, de buenas intenciones, las agendas gubernamentales y corporativas, además de alentar el advenimiento de una “comunidad del anillo” (de colores) algo maximalista, postmoderna y tozudamente ecuménica en sus planteamientos y ejecutoria.

Málaga se ve fuerte y lo sabe, y los analistas foráneos la observamos con interés y atención, esperando el próximo movimiento, la próxima batalla que librará esta Málaga pionera, estratega, cosmopolita y algo veleta, compitiendo, sin rubor por ser sede de los cuarteles generales de compañías y organismos multinacionales a la vez que se empeña, no pocas veces, por la inercia entusiasta y los humores de optimismo que provoca la ebriedad de la internacionalización, en escalar rankings globales que duran 5 minutos, que es lo que tardan en disiparse las etiquetas, la polémica y el barullo en esas redes sociales que han intoxicado de plástico, impostura y superficialidad los debates de la esfera pública.

En todo caso, creo firmemente que una de las claves de este proceso de competición global entre ciudades meridionales alentado por la sacudida pandémica estriba en la capacidad para dictar e imponer, con solvencia, un canon de mediterraneidad y gioia di vivere que alimenta los yacimientos del soft-power, ese poder blando hecho de activos intangibles que los académicos utilizan para medir la influencia y la proyección global de los países y los territorios.

En este sentido, no descubro nada al afirmar que si algo ha sabido hacer Málaga durante estos años, al margen de construir un verdadero ecosistema de empresas y proyectos de base tecnológica, ha sido el apropiarse, con naturalidad y sofisticado mensaje, de ese relato de capital sureña amable y fértil para los negocios, la tecnología y el emprendimiento en España, compatible con la defensa del estatus de una urbe vibrante, disfrutable y humana, y que ha hecho de la calidad de vida, esa única métrica e impreciso campo semántico en el que los españoles podemos dar lecciones sin complejos a un noruego, un japonés o un armenio de Yerevan, un atributo natural de su proyección como ciudad global.

Molestará tal vez, a madrileños, valencianos o catalanes, pero Málaga – y ese es el toque de genialidad que acredita la capital malagueña- ha terminado por personificar, frente a otros territorios que comparten ese adn y cosmovisión meridional, los valores y atributos de la-calidad-de-vida-de-una-ciudad-media-y-manejable, que utiliza con naturalidad en múltiples foros y ocasiones para cerrar acuerdos comerciales y de inversión por todo el orbe que la han situado como un destino interesante y competitivo para tantas empresas y trabajadores que han ido llegando durante años a la capital malagueña.

Si hablamos de capacidad de generar atención internacional, de atraer proyectos de inversión con impacto económico y mediático y de fortaleza y ganas de competir desde esta España en la que los indicadores del riesgo-país se tiñen de grana y rojo semana tras semana, a Málaga le está pasando, últimamente, que buena parte de las batallas que decide librar en clave de Diplomacia de Ciudad las está ganando con cierta solvencia y casi sin despeinarse, recogiendo los frutos de una visión, de un trabajo colectivo y del triunfo de un relato bruñido con esmero desde hace años, ocupando por méritos propios – y algunos deméritos ajenos- un espacio de proyección universal poco habitual para una ciudad de su escala, posición y características.

No en vano, y desde hace unos años, y en el marco de la Diplomacia Económica y Cultural que se practica desde las ciudades de nuestro país, Málaga ha logrado ser en términos de calidad de vida la maestra de la sinécdoque, esa figura retórica que nos enseñaron en la escuela y que consistía en tomar la parte por el todo, imponiéndose en este relato a las otras capitales de la Diagonal Sur que participan de esos mismos atributos.

Alguien dirá que los agentes desplegados desde hace años en eventos, foros y mesas de decisión por esta Málaga astuta y pragmática han hecho bien su trabajo, apuntando a que tal vez hayan aprendido esta interesante lección de una Italia que logró imponerse en el imaginario de la cultura anglosajona como la quintaesencia de la mediterraneidad ayudada por el cine, la gastronomía y la acción de tantos emigrados a los EEUU y que le permite dictar, sin titubeos, el canon de la buena vida meridional. Eso se resume, para entendernos, en que el aceite de oliva, el pan tierno, las charlas bajo la parra al calor de un bicchiere de vino, la buena creatividad y el diseño (Italia) o, por citar algunos de los nuevos recursos de este inmenso arsenal cultural y económico en pleno despliegue, la posibilidad de tele-trabajar junto al mar o la de disfrutar de una vida profesional y familiar plena y de un creciente salario emocional a costa de renunciar a algo del sueldo mensual compensado en espetos y colecciones itinerantes del Pompidou (Málaga), son un invento y un regalo de los italianos/malagueños para el mundo, aun a fuerza de proyectar una visión algo desenfocada de ambos territorios, como si todo el país transalpino cupiese en el Little Italy neoyorquino o la capital malagueña quedase definida ontológicamente por las dinámicas procedentes de la Calle Larios y alrededores.

[3] Diagonal Sur: la Liga de las Ciudades Mediterráneas en Movimiento.

Por cierto, y para centrar el tiro: escribo estas líneas desde Alicante, capital de una provincia que guarda interesantes parecidos y trayectorias con la malagueña; a saber, un PIB, población y niveles de creación de empleo que las sitúan en la parte alta del ranking español, y acaso, dos provincias – y sus capitales- crecidas y fortalecidas en su identidad en un escenario de permanente desafío y discusión alrededor de las asimetrías, diferencias de trato y de algunos desafectos que reciben de las capitales autonómicas, Valencia en un caso, Sevilla en el otro.

La capital alicantina (que ha sido elegida con Valencia, en 2020, como la segunda ciudad mundial preferida para residir por la comunidad internacional de expatriados) compite, de manera más o menos evidente con Málaga y las otras ciudades de la Diagonal Sur, en esa interesante batalla que las urbes medias están -estamos- librando por ganar, -por una cabeza-, nuestro lugar en ese futuro de oportunidades que dibuja el escenario marcado por el aftermath del coronavirus, que ha terminado por imponer la criminalización – acaso injusta- de la vida en las grandes capitales, lugares atestados, potencialmente inseguros e impersonales, incompatibles con los nuevos usos laborales, sociales y convivenciales impuestos por los rigores pandémicos y con esa reformulación de prioridades y preferencias personales y familiares que todos hemos sufrido, de alguna manera, al calor del persistente mordisco del morboso virus.

Contra todo pronóstico, el covid-19 ha cambiado las reglas del juego de la competición entre territorios, abriendo un escenario de oportunidades distribuidas de manera centrípeta desde las grandes capitales hacia otros lugares situados más allá de sus difusos límites y sus áreas de influencia económica e institucional, que otros retadores están empezando a aprovechar.

Málaga antes, y en menor medida ahora, las otras ciudades meridionales de esa Diagonal Sur que empiezan a desperezarse y a ensayar ante el espejo el papel de emergentes potencias territoriales forzadas por la sacudida sistémica en la que andamos inmersos, han asumido la imperiosa necesidad de impulsar una diversificación de los modelos productivos que las sostienen – turismo/servicios-, reflexión que ha pasado a incorporarse en ocasiones como dogma de fe y en otras, como un superficial mantra tibetano a la ejecutoria política y a las líneas estratégicas de acción de los gabinetes de gobierno municipales.

En un momento en el que otras ciudades han renunciado a ejercer el papel de seductoras capitales del Sur de Europa, – y no puedo evitar aludir con cierta tristeza a esa Barcelona antaño universal y hoy cada vez más pequeñita y encerrada en sí misma que descuenta, noche tras noche, el balance del impacto de los incendios, los jaleos y la organizada liturgia del desorden en su relato de ciudad global, son estas capitales meridionales (Valencia, Zaragoza, Murcia o Alicante, por citar las más activas) las que están sacando réditos reales a este momento excepcional en el que las recetas, los modelos y las narrativas sobre el  éxito territorial están cambiando ante nuestros ojos y en las que se impone la nueva religión del pragmatismo como estrategia.

Tomando prestado un símil de la Fórmula 1 que escuché hace unos días, – gracias Óscar – tras el corona-shock, la carrera entre territorios ha quedado neutralizada por las autoridades, y las ciudades medianas han terminado por agruparse detrás del safety car, sin importar ya, cuando vuelva a ondear la bandera verde de nuevo, las diferencias previas y las ventajas adquiridas tras varias vueltas al circuito, lo que puede ser bien aprovechado por quienes han venido trabajando, con constancia y discreción, en sus estrategias de Diplomacia Económica y gestión de la influencia durante los últimos años.

La historia de este mundo post-coronavírico se escribe con borrones todos los días, pero no hay duda de que este horizonte de competencia territorial distribuida está empezando a resultar especialmente favorable para aquellas capitales como las que vengo citando en este artículo, que beneficiarias de esa ola de extrañamiento de las grandes urbes, disponían ya de un compromiso, relato y visión política favorables a la práctica de la diplomacia económica urbana, así como de equipos y estructuras entrenadas para ello, y lo que no es menos importante cuando se trabaja en entornos gubernamentales, de la capacidad de movilizar y comprometer presupuestos públicos con este cometido específico. A mi juicio, apostar por el despliegue y el ejercido efectivo de una estrategia de diplomacia de ciudad es una decisión política muy apreciable. Sin embargo, el hecho de haber tomado esta decisión hace años y en unas condiciones menos evidentes y favorables es ciertamente meritorio, y por ello Málaga es hoy, en mayor medida que otras, el supuesto paradigmático de estudio y el caso de éxito más rutilante en este proceso de internacionalización de las ciudades de nuestra Diagonal Sur.

Sin embargo, más allá de estos esfuerzos, los logros y algunas polémicas que no superan, acaso, el limes de la capital malagueña, no son pocas las voces que afirman que la fórmula del éxito de Málaga empieza a dar síntomas de agotamiento, que la ciudad necesita pararse a pensar, a plantearse el futuro de los próximos 15 o 20 años, buscando un reequilibrio que la vuelva a situar con naturalidad en las arenas y escenarios en las que la ciudad y su provincia han sabido brillar y alineando coherentemente su identidad, su trayectoria, sus fortalezas y el trabajo de tanta gente durante estos años, dentro y fuera de las instituciones, con sus legítimos objetivos estratégicos, en un escenario de competición real entre territorios en el que las ciudades de esa Diagonal Sur, recién llegadas a la competición de ciudades tienen más margen de maniobra y muchas más etapas por consumir que las que enfrenta la capital costasoleña.

Este análisis, conveniente antes de la ominosa pandemia es hoy, por el impacto económico y social de la pandemia que ha puesto de manifiesto las debilidades y amenazas de los modelos de desarrollo de las capitales esencialmente turísticas, más necesario que nunca, y la clave para Málaga, pero también para Alicante, esté en saber mirar al Sur – e interpretar en clave de progreso- la extraordinaria revolución que enfrenta el continente africano.

[4] Al Sur de la Diagonal Sur: África en los ojos.

Como apuntaba algunas líneas más arriba, la publicación de un trabajado artículo (un reportaje en clave comparada) sobre el momento de transición de África y el papel de Marruecos como emergente potencia económica y diplomática en el Continente, me llevaron a participar en marzo de 2020 en un calendario de seminarios sobre el particular en Málaga primero, y en Casa Árabe de Córdoba, después (que el anuncio del primer confinamiento del país obligó a suspender) en el que buscaba defender el extraordinario momento de oportunidad para nuestras ciudades en este proceso dinámico que se desarrolla, casi sin enterarnos, al otro lado de la ribera mediterránea.

Además de las escaramuzas más evidentes y los sectores más convencionales  en los que nuestras capitales se han desempeñado (incluida la atracción de empresas de base tecnológica y el talento migrante), posiblemente, uno de los podios que Málaga nunca debió abandonar – y añado, que tal vez este renovado Alicante desde el que escribo, si termina de alinear visión, consensos y voluntades políticas con estrategias y presupuesto también pueda jugar su papel en este proceso -es aquel que le otorga su condición de palpitante centro gravitacional de las relaciones – institucionales, comerciales, culturales- entre el Sur de Europa y el Magreb y por extensión natural, con el continente africano.

África, pese a sus contradicciones y carencias, y pese al apagón informativo total sobre la realidad del continente- está despertando económica y socialmente y se ha convertido en un territorio de futuro real, más allá de los clichés y los titulares que nos devuelven la imagen de un escenario hostil, violento y obstinadamente atrasado.

Marruecos, ese país con el que Málaga / Alicante / Almería, comparten ribera mediterránea y algunas (pocas y anémicas) iniciativas institucionales es, junto a Sudáfrica y Nigeria, el país que lidera ya el proceso de transformación del continente, y debería convertirse en objetivo preferente de la diplomacia económica y comercial de nuestras capitales mediterráneas, dos campos de trabajo en los que la ciudad y la provincia de Málaga han mejorado su desempeño de manera evidente durante los últimos años y en los que Alicante, sede de Casa Mediterráneo, una de las Casas de la Red de Diplomacia Pública del Gobierno Español, tiene mucho trabajo por hacer.

El caso de Marruecos en este escenario Sur-Sur es tan excepcional como interesante para Málaga; nuestro a veces incómodo y correoso vecino enfrenta un proceso de modernización y de urbanización espectacular, una creciente actualización de estructuras y avances en términos de seguridad jurídica y legalidad, a la vez que exhibe su condición de bastión contra el islamismo radical y de aliado leal de occidente. Baste citar, para ilustrar este mensaje africanista, que Marruecos ha firmado en los últimos años centenares de convenios de cooperación para el desarrollo con casi todos los países africanos y lleva algo más de un lustro ejerciendo un intenso y productivo despliegue de su poder blando (soft-power) y su influencia en la región, propiciando el regreso del Marruecos de Mohammed VI (M6 en su novísima grafía digital) al tablero económico y político de África con un peso específico que no debemos descuidar.

Marruecos, cuyo primer socio comercial es ya España (por delante de Francia), que ha lanzado sustanciosos programas de becas para estudiantes sub-saharianos en sus Universidades, que ha situado en su gobierno y empresas a una elite formada profesionalmente en los ambientes liberales de los organismos multilaterales en Washington, constituye, cada vez más (y perdón por recurrir a un tópico inveterado de las relaciones internacionales) la puerta de entrada inteligente a un continente africano que se despereza y en el que el emprendimiento, la tecnología y la nueva economía urbana dibujan escenarios de oportunidad para nuestras empresas y nuestro talento, impulsando iniciativas que permitan a nuestros actores crecer, también, en estos sectores emergentes en África.

El esfuerzo por analizar y entender desde la ciudad qué está pasando en esa África que corre briosa hacia su futuro y la consiguiente tarea de reivindicar un papel relevante en estas deseables relaciones Sur-Sur para esa Málaga de la innovación y la competitividad territorial, del emprendimiento, de la cultura y de la excelencia académica, para esa Málaga que ha librado con astucia y pragmatismo su exitosa batalla con otras capitales entretenidas en sacar lustre a su blasón y sus oropeles, debería figurar como una obligación pro tempore en la agenda de las instituciones malagueñas. Esta reflexión es válida, también, para Alicante, aunque –honestidad obliga- la capital malagueña nos lleva casi tres lustros de ventaja en la gestión e implantación de su estrategia de proyección e influencia internacional a través de iniciativas y planes, eventos y políticas de atracción de inversiones, pero sobre todo, y esto es lo relevante, contribuyendo a situar a personas y prescriptores en los lugares clave en los que se toman las decisiones que afectan a la Diplomacia Económica de la ciudad. 

Quiso el azar de la geografía y los vaivenes telúricos que Málaga encallara en el Mediterráneo, con un ojo mirando a Europa y con el otro a África, aunque este último se nuble no pocas veces con la arena que nos trae el viento Terral por el Levante. Alicante, descansa aguas arriba, descuidando las oportunidades que le ofrece, aun hoy, una historia estrecha y compartida durante el siglo XX con Argelia, incapaz de mirar al Sur con la

París, Bruselas, Madrid o Barcelona quedan muy lejos para jugar esta partida. Frente a la actitud de otros actores que ni pueden, ni quieren, ni saben aprovechar esta oportunidad, se hace precisa una mirada pragmática e inteligente de nuestras ciudades al Sur, reivindicando un lugar preferente en esta ecuación de éxito en las relaciones geoestratégicas y comerciales entre ambas orillas del Mediterráneo, que permitan conectar definitivamente esas dos Diagonales Sur que discurren casi en paralelo.

A vueltas con la geografía, la estrategia y las enseñanzas que nos regala la vida, acabaré esta reflexión citando, nuevamente, al Jorge Luis Borges de “El Hacedor (1960): (…) Un hombre se propone la tarea de dibujar el mundo. A lo largo de los años puebla un espacio con imágenes de provincias, de reinos, de montañas, de bahías, de naves, de islas, de peces, de habitaciones, de instrumentos, de astros, de caballos y de personas. Poco antes de morir, descubre que ese paciente laberinto de líneas traza la imagen de su cara.“

La Diagonal Sur se mueve. Sigan atentos a sus pantallas.

Take care.

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