[LEADERSHIP FOR THE 60’S] MANUAL (URGENTE) DE CONTINGENCIA ELECTORAL PARA MILLENNIALS

[Cuentan que en una ocasión un periodista preguntó al escritor Eugenio D’Ors:

– Don Eugenio, ¿tiene usted aficiones políticas?

A lo que el flemático filósofo catalán contestó:

– Sí, pero me las aguanto]


An article by Pablo Sánchez Chillón, Lawyer, International Speaker, Strategy and Public Affairs Advisor and Urban Advocate. Check out the work of Pablo as Chief Editor of Urban 360º.


[Una primera versión básica de este artículo fue publicada en la columna de opinión del autor en el Diario Alicante/Valencia Plaza, con el que colabora habitualmente].

Si quieres contactar con Pablo, usa el link.


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Votamos; y votaremos mucho más.

Como los ratones en la noria. Vamos de elección en elección, y le estamos cogiendo el gusto a dar vueltas.

La postmodernidad líquida era esto, y dados los precedentes más inmediatos, a saber, la fragilidad de los pactos electorales y nuestra endémica y sistémica falta de cultura del acuerdo, por un lado, y la pragmática actitud de nuestros gobiernos de todo signo tan pendientes de las bolsas y los mercados como de cumplir con la cuota diaria de Instagram, nunca se sabe cuándo volveremos a votar, y debemos andar atentos y precavidos, pendientes de la próxima convocatoria electoral.

Si no hace tanto tiempo, nuestra preocupación cada 4 años era recibir la tarjeta del censo recordándonos nuestro deber constitucional de votar, la nueva esfera pública, mutante, intensa y lábil como los son sus protagonistas políticos, nos sitúa ante un escenario de campaña electoral permanente, y ante un horizonte de compromisos con las urnas que ya no responde a las previsibles y sólidas métricas del tenaz bipartidismo sino al destelleante juego político de espejos y a la tensión entre renovados bloques ideológicos, que nos devuelve una imagen bronca y desabrida de la política como pocas se recuerdan.

Si además, la ecuación electoral se despeja simultáneamente en las distintas arenas de poder territorial en las que se conforma nuestro Estado de Derecho, las variaciones con repetición electoral se multiplican, poniendo a ingentes grupos de ciudadanos ante la recurrente tesitura de tener que programar o reprogramar sus vacaciones, eventos y compromisos en función de las convocatorias electorales, pues no hay pareja de enamorados que desee un festín pacífico y divertido que prefiera casarse en víspera de elecciones.

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En el País Vasco y Galicia, además de en Cataluña, ya preparan un nuevo ciclo para esta primavera de 2020, y las maquinarias partidistas y mediáticas vuelven al modo trinchera, renovando su inspiración, tal vez, en la laureada 1917, una epopeya tan cruenta y efectista como la que algunos distribuyen, sin tasa, desde los micrófonos y cabeceras de un periodismo que se ha convertido en una suerte de activismo militante, sin matices ni visos de cambiar.

En este escenario es cada vez más común, por otro lado, en nuestras sociedades democráticas occidentales, crecientemente expuestas a las tóxicas emanaciones del populismo, la infoxicación y las fake news y a la irrupción de liderazgos políticos personalistas o súper liderazgos (muchos de ellos sin partidos que los sustenten o, precisamente, a costa de aquéllos), aupados por las redes sociales, la compartición del miedo y la incertidumbre globales y la irrupción de agendas de gobierno para los próximos 5 minutos, que eso es lo que dura un debate de media en las esferas digitales a las que todos nos asomamos cada día.

En este escenario, cabe preguntarse si la tecnología, si las omnipresentes herramientas nacidas de la era de transformación que vivimos inciden, y en qué modo, en los ciclos electorales, renovando y actualizando ritos, procesos y creencias sociales que están en la base de la legitimación de nuestros sistemas democráticos.

El atosigante momento tecnológico que vivimos nos debe llevar a preguntarnos, por razones de puro pragmatismo constitucional y de genuino instinto de supervivencia democrática, en qué manera la eventual adopción de herramientas tecnológicas o su tozuda ausencia impactan en los sistemas políticos, acercando o alejando a nuestros jóvenes de las recurrentes citas electorales, de ese acto responsable y personalísimo de decidirse por una opción y votar a un candidato o partido político.

Se trata, en suma, de hacer de este proceso electoral un episodio inteligible y atractivo para los nuevos  votantes, para esa cantera de millennials, centennials y otras tribus susceptibles de ser etiquetadas por sus padres, crecidas en la cultura digital, en la sobreabundancia de información y el riesgo de la distracción masiva, en la autoconciencia de pertenencia reticular (la de ser un nodo de conexión en una maraña de redes difusas y conectadas) y en la arrogante ensoñación del háztelo tú mismo y la desintermediación digital, aquella que nos lleva a creer que blandiendo un teléfono inteligente somos dueños absolutos de nuestro destino y futuro (con permiso de Google, Amazon, Netflix, Facebook y otros imperios de la opaca sociedad de los datos y los algoritmos).

Es verdad que cuando confrontamos democracia y tecnología, cuando anunciamos  futuros cuasi perfectos a lomos de la revolución tecnológica, a veces, la realidad nos devuelve el golpe, recordándonos la insuficiencia de las utopías, la fragilidad de los relatos mesiánicos y el trabajo y esfuerzo que cuesta cambiar las cosas. Si nos centramos en la experiencia reciente de sistemas y procesos electorales, el eterno y accidentado recuento de votos en los caucus demócratas de Iowa, en el que transcurridos 4 días desde las votaciones, y por culpa de un recurrente error informático no se sabía aun quién y por cuánto había ganado, entenderemos, a costa de la reputación de los demócratas y su incapacidad de gestionar y alegría y sorna de republicanos y del Presidente Trump, que en este mundo nadie está -nunca- a la altura de su retórica.

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Los jóvenes ante la Política: la gran fiesta de la democracia (y tal).

¿Cómo aprecian los millennials la puesta en escena de los procesos electorales?

¿Cómo encaja una generación crecida en la cultura de la inmediatez digital y los universos multi-pantalla en una ortodoxia electoral que ha cambiado muy poco en las últimas décadas?

En este punto, y tirando de experiencia, tal vez sea conveniente, más allá de inercias sistémicas y lugares comunes, dedicarle dos minutos a ellos, a los más jóvenes, a quienes se acercan a la política por primera vez con la mirada limpia y sin trienios ni mochilas cargadas de prejuicios. Pensar en estos jóvenes que enfrentan con curiosidad, ignorancia o desdén el próximo proceso electoral que asoma tras los filosos pactos y aritméticas parlamentarias entre fuerzas políticas poco acostumbradas a abandonar el alma hegemónica y totalizadora que lleva dentro cada partido de los que concurre a las elecciones en nuestro país.Kennedy_cartel

Vamos teniendo ya algo de edad (de baby boomer me catalogan los demógrafos) y aunque tengo un móvil con más aplicaciones de las que necesito y utilizo con creciente descaro palabras como resiliencia, hibridar o innovación disruptiva, no trataré de justificar ante las nuevas generaciones de jóvenes las lagunas en términos de participación real en la toma de decisiones públicas en todos los ámbitos funcionales y territoriales en los que se ejerce el poder en nuestro país ni señalaré a los responsables de este estado de cosas. No sabría adónde apuntar sin autolesionarme.

En este estado de cosas, no buscaré, tampoco, razones que permitan justificar los motivos para la creciente y generalizada desafección social hacia la política entre nuestros jóvenes que arrojan los estudios de los sociólogos más solventes, ni me inmolaré tratando de explicarles las causas del deterioro y del colapso reputacional de las instituciones de nuestro país, ni acaso, los posibles antídotos para esta epidemia, pues también he sufrido en alguna ocasión el mordisco de esa bicha de desafecto y aunque me he recuperado, sé lo que se siente ante determinados episodios injustificables de nuestra vida pública. Es verdad, no voy tampoco sobrado de fuerzas y entusiasmo que me permitan hacerme pasar por un coach motivacional convincente. Tiempo habrá.

En todo caso, y dado que ya otros han escrito mucho y bueno antes que yo, para ayudarles en este proceso de discernimiento, volvería la mirada hacia la biblioteca, y acaso, les prestaría, para empezar, Crematorio de Chirbes, Patria de Aramburu o la Democracia Sentimental de Arias Maldonado para que se fuesen situando. Sostiene Pereira que el proceso de aculturación política es personalísimo, y cada uno lo vive a su manera y a su ritmo, y yo no tengo la intención de fastidiárselo a nadie imponiéndole mis prejuicios.

Si me apuráis, me va a costar explicarles a estos jóvenes electores, que la democracia, ese sistema del que Aristóteles dijo que era “tiene su origen en la creencia de que, siendo los hombres iguales en cierto aspecto, lo son en todo”, ha establecido sus propios mecanismos colectivos de afirmación y de auto-defensa narrativa, y que, consistentes en frases o mensajes prefabricados, se activan, sobre todo, cada vez que asoma por el horizonte una amenaza al statu quo democrático o  en cada ocasión que se abre un proceso electoral en el país.

Espero que sepáis perdonarme, pero no me veo capaz, a estas alturas, de justificar que tras el “nosotros los demócratas”, el impagable “la gran fiesta de la democracia” que menudea en las jornadas electorales, o el ya clásico que hablen las urnas” y el consiguiente el pueblo ha hablado” subyace una carga semántica de autoprotección sistémica y de sentimiento de pertenencia colectivo que trasciende el sonrojo que nos provoca escucharlas, pues al final, estos latiguillos democráticos nos terminan reconfortando a nosotros los demócratas veteranos, como esas tisanas benéficas que te esperan junto a la chimenea después de un día de, pongamos por ejemplo, cortar troncos a la intemperie del invierno boreal canadiense.

Estaréis conmigo en que es casi imposible hacer entender a alguien que vive buena parte de su proceso de socialización a través de una (o varias) pantallas y bajo los distorsionantes ritmos y percepción del tiempo de la esfera digital (el maldito tiempo real) que es imposible gobernar y marcar agendas públicas sensatas mirando sólo a los próximos 5 minutos (que es lo que dura un hashtag en Twitter, de media) y que por previsibles, humanos y convencionales que sean, no pocas veces, nuestros mandatarios, la tecnología, por mucho que avance y evolucione en los próximos años, no podrá nunca sustituir, sin desvirtuar la esencia misma de la democracia, la toma de decisiones públicas por parte de nuestros representantes electos.

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Me atreveré, aun a riesgo de incurrir en un ridículo generacional en decirles que es esa discrecionalidad de juicio del gobernante frente al automatismo de un algoritmo perfecto es la que define la esencia misma del sistema democrático y lo tilda de justo o de injusto, y si no nos gusta, ahí están las elecciones para cambiar las cosas. La digitalización y la inteligencia artificial acabarán con determinadas profesiones (y antes, supongo, con los malos profesionales) pero salvo en los escenarios distópicos de las series de HBO o Netflix, estamos lejos aún de que un robot pueda gobernarnos y no nos rebelemos.

Por último, y dado que me dirijo a jóvenes electores prestos a debutar en la arena electoral, tampoco insistiré en el error tan frecuente como monolítico de confundir el respeto por las formas y sustancias democráticas (la democracia se construye sobre multitud de ritos con enorme significado social colectivo) con la inalterable rigidez de la ejecutoria y la ortodoxia política institucional, que hace imposible apreciar signos de evolución en nuestro sistema de gobierno y en sus manifestaciones, como por ejemplo, cuando en un Congreso de los Diputados o un Pleno Municipal se proscriben en las tribunas, en pleno siglo de la imagen y por razones del decimonónico Reglamento vigente, el uso de soportes audiovisuales, de pantallas que apoyen y expandan el relato de Sus Señorías o cuando se renuncia desde los gobiernos a la utilización de recursos tecnológicos cada vez más asequibles (como el Big Data) para evaluar el resultado de las políticas públicas que nacen del consenso parlamentario y que se dotan de costosos presupuestos para su implantación. Lo que no se mide, no se conoce.

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Dicho esto, miro alrededor. Al mantra de la desafección política de los jóvenes y su desinterés por las cosas del siglo, ocupados como están con sus perfiles en redes sociales y con el trajín digital, la democracia actual, cargada de ritos y formalidades que dotan de sentido y fortaleza a las instituciones, no ha opuesto un solo signo evolutivo en las últimas décadas que la haga más inteligible y apreciable entre nuestros jóvenes (nativos digitales), y nadie parece tampoco excesivamente preocupado por ello.

Este marasmo evolutivo de nuestro sistema político es especialmente lacerante cuando de procesos electorales hablamos en una era como la actual en la que la tecnología es ubicua y afecta a casi todos los procesos de nuestra vida. Cuando hablamos de elecciones, el inmovilismo que atenaza a la ejecutoria electoral haría sonrojar a cualquier tecnólogo o sociólogo contemporáneo, incapaz de justificar el evidente desfase entre un sistema que se refugia en la defensa de las esencias del ceremonial de la democracia y una sociedad que se está transformando a ritmo vertiginoso.

10 Pautas de Movilización Electoral para Millennials.

Quizá por ello, y sin ocultar un afán de pragmatismo generacional, voy a proponer este Manual Urgente de Contingencia Electoral para Jóvenes que les ayude, con 10 pautas de comportamiento básicas, a conducirse por los ritos y las formas democráticas de sus mayores y a hacer más inteligible el próximo proceso electoral. Se acabó el ir a votar como el que tiene que ir a una oficina bancaria un lunes a las 10 a cobrar un cheque en ventanilla. O no.

(1) Primero.- Querido millennial. Esta foto que te hago llegar es un cartel electoral, y esos señores y señoras que te miran con resuelta determinación y en mangas de camisa, piden tu voto en las próximas elecciones.

Son los mismos que en los próximos días debatirán en las cadenas de televisión generalistas, que son esas que, interrumpidas por anuncios publicitarios cada 5 minutos, ve tu padre cuando tú y tu hermano salís de Youtube, Netflix o HBO. No te pierdas el debate de los candidatos en el atril, es probable que en algún momento de esas 2 horas de arrogantes soliloquios que traen preparados de casa, oigas que te interpelan como joven o que se cita, acaso de pasada, alguna palabra como inteligencia artificial, blockchain o token. Lo harán, sin duda, pensando en ti.

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(2) Segundo.- Puede que paseando por la calle durante estas semanas de campaña electoral, y entre risas y risas en Telegram o TikTok hayas estado a punto de chocar con un artefacto de madera a dos aguas, del que cuelga algún anuncio de un partido político que ni siquiera sabías que existía. Es una valla electoral, y hay unos friquis que a medianoche de la jornada en la que se inaugura la campaña, acuden con un cubo con cola, una escoba y una brocha para dejar testimonio de su fidelidad a la enseña partidista; es probable que suban la foto a Instagram. Estás avisado.

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(3) Tercero.- En todo caso, cuando hayas pasado por delante de la valla electoral varias veces, te haces una idea y fijas tus preferencias de voto. Luego, te vas a casa, le pides la llave del buzón de la portería a tus padres y compruebas a ver si te han llegado por correo postal las papeletas electorales. Tal vez sea la primera vez este año que recibes una carta (muchas de golpe, la verdad, cargadas de buenas intenciones), lo que es un motivo de sorpresa juvenil.

(4) Cuarto.- Todo en orden. Una vez tengas tus papeletas electorales (no olvides compartir por WhatsApp la foto de las del Partido de la Ley Natural, los Panteras Grises etc…la gente es muy marciana, ya ves) y tan pronto como las examines, con todos esos nombres ordenados según le ha parecido al Partido Político que las ha confeccionado, las introduces en un sobre de papel auto-encolable y te esperas al día de las elecciones. Sí, lo sé, resulta raro ver un sobre de papel en tu estantería, al lado de Alexa y los cargadores del Ipad, pero, ese incómodo documento sólo estará ahí unos días.

(5) Quinto.- Llega el domingo de elecciones, te levantas con el recuerdo de la risas que te echaste anoche con tus amigos pensando en que tenías que ir a votar, con el sobre en la mano. Has pensado en hacerle una foto a la papeleta con tu voto, por si se te pierde, pero un colega que votó en las anteriores te ha dicho que no te lo aceptarán como voto. Ya ves.

Bien. Te diriges a tu Colegio Electoral (el que indicaba el sobre que la Oficina del Censo te envió semanas atrás…por correo postal) y te buscas en una lista impresa que cuelga de la pared.

(6) Sexto.- Cuando te encuentres en esa lista de papel troquelado, y por curiosidad, te diriges hacia una cabina de voto para ver las papeletas desparramadas. Cierras la cortina de ducha que te llega por los tobillos y te deleitas con las listas del Partido de la Ley Natural, del Partido Pirata, de Los Panteras Grises o de Todos por Calatayud. Ver para creer (y esto se paga con dinero público).

Superado el trance, sales y haces una ordenada fila y te sitúas ante la urna de cristal (no temas, no hay ningún animal vivo dentro) para introducir tu sobre, siempre y cuando un señor con rostro grave y solemne haya comprobado que la cara en tu DNI de plástico coincide con la tuya.

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(7) Séptimo.- Con suerte, y para escapar del túnel del tiempo que te ha devuelto, de repente, a un capítulo de Cuéntame, en lo más crudo del siglo XX, te haces un selfie votando y lo compartes en Facebook (hazlo rápido no se mosquee el Policía Nacional que lleva 6 horas de guardia en el colegio electoral o los compromisarios de los partidos).

(8) Octavo.- Por cierto, no te sorprendas si te cuento que cuando te hayas marchado, y una vez que el colegio electoral haya cerrado sus puertas, esa gente cariacontecida que recibió tu sobre, debe empezar el recuento oficial de los votos, literalmente, pues el presidente de mesa abrirá la urna, extraerá las papeletas y leerá su contenido, que los demás integrantes anotarán con un boli y ordenarán y contarán manualmente, tal y como tu padre te narró que hacía en los lejanos años 90 cuando le tocó ser presidente de escalera y la comunidad decidía sobre una derrama para pintar la fachada.

(9) Noveno.- Por la noche, pon la TV, – la generalista- verás gente con banderas y chapas– unos contentos, otros desolados, la alegría va por barrios, arropando a su líder, que es probable que vuelva a interpelarte como joven y como depositario del futuro del país.

Llegados a este momento, vuelve al punto 4 y mira en el móvil la foto que tomaste de la papeleta electoral que elegiste antes de meterla en el sobre. Los primeros de la lista son los parlamentarios de tu circunscripción electoral que irán a defender tus derechos en el Congreso de los Diputados y el Senado (en Madrid), unos personajes a los que es probable que no pongas cara nunca y de los que no recibirás noticia alguna en los próximos 4 años, engullidos por la dinámica partidista y las solemnidades y ritos de la democracia parlamentaria.

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(10) Décimo.- Espera 4 años hasta que te vuelvan a llegar los sobres por correo postal. Vuelve al número 1 y sigue hasta el 10. La democracia seguirá viva, y tú, serás 4 años más viejo (acaso menos, si sigue el frenético carrusel electoral). Un abrazo.

[*] Para que luego digan que la política se aleja de los jóvenes. Estrategia-País de Innovación. Transformación digital con cargo a los Presupuestos Generales del Estado. Delirio tecnológico Lo dicho: Leadership for the 60’s. Vota Juan. [Seguimos].


An article by Pablo Sánchez Chillón, Lawyer, International Speaker, Strategy and Public Affairs Advisor and Urban Advocate. Check out the work of Pablo as Chief Editor of Urban 360º.


[Una primera versión básica de este artículo fue publicada en la columna de opinión del autor en el Diario Alicante/Valencia Plaza, con el que colabora habitualmente].

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