[FAST & FURIOUS] LÍDERES POLÍTICOS AIRADOS, DESABRIDOS Y PERDONAVIDAS

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Un artículo de Pablo Sánchez Chillón, Abogado, Asesor en Estrategia y Public Affairs y Urban Advocate. Pablo es el Director delf Foro Global Territorio & GlobalGOV, el primer Think Tank reputacional en España y coordina los Programas (CMAP) en Comunicación Política, Relaciones Institucionales, Public Affairs y Marketing Territorial de IMEP – UMH. Pablo es el Editor de Urban 360º. Este artículo se publica con el apoyo y soporte de GlobalGOV & Foro Global Territorio.


[Una primera versión de este artículo fue publicada en la columna de opinión del autor en el Diario Alicante/Valencia Plaza, con el que colabora habitualmente]

En este artículo, Pablo Sánchez Chillón, reflexiona sobre la  relación entre la ira y la política, y las dificultades de todo orden, especialmente en el campo de la comunicación política y de la acción de gobierno, provocadas por la figura de un líder político airado, proclive a la controversia y la bronca, cualidades del alma que terminan enmarcando y tildando su ejecutoria pública, que es, además, de ciclo corto. Para ello, el autor parte de la figura de un mandatario en ejercicio – el Alcalde de Alicante, Gabriel Echávarri- que utiliza como punto de partida para describir una categoría más amplia y heterogénea de líderes (municipales) que comparten esa pulsión (pública) hacia la ira y el enfado.*

(Nota de actualidad: 3 días después de su publicación, y sin relación causa-efecto entre una cosa y otra, el Sr. Echávarri anunciaba públicamente su dimisión como Alcalde de Alicante)

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“La política es el arte de buscar problemas, encontrarlos, hacer un diagnóstico falso y aplicar después los remedios equivocados (Groucho Marx)”

Políticos con mal carácter.

TRUMP S[28.03.2018] Hay líderes públicos conocidos por su mal carácter. Sea por razón de la sobreexposición mediática, la gravedad y trascendencia de los asuntos con los que se desayunan todos los días, la enmienda pública a su acción de gobierno, o por una natural (o no pocas veces estudiada) predisposición a la ira y la respuesta filosa y descarnada, el político airado es una constante en nuestra historia democrática occidental.

Es de todos conocido que el de la política -especialmente en tiempos de indignación colectiva – es uno de los escenarios más proclives a la agresividad y a los ataques de ira, si bien es cierto la opinión pública sabe perdonar un cierto ramalazo de mál carácter del político, pues esta acritud formal parece devolvernos la imagen y percepción de un líder necesariamente distante, analítico y frío, alejado del calor del debate y las servidumbres de la actualidad y del populismo. Con excepciones, claro.

Más allá de la estratégica puesta en escena mediática de un modo de ser y gobernar, – que inaguró con brillantez el superlativo Hugo Chávez, y que Donald Trump ha perfeccionado y sublimado en píldoras de su personalidad compartibles en formatos digitales-  a veces, la hosquedad del mandatario o su talante atrabiliario responde, como algunos expertos se han encargado de estudiar, a ciertos desequilibrios en la personalidad, en distintos grados de intensidad y manifestación, que, obviamente,y para fortuna de súbditos y ciudadanos, no son los más habituales.

En efecto, han quedado para la historia los desvaríos regios de Calígula o del excéntrico Luis II de Baviera, o los trastornos bipolares, caracterizados por una volatilidad conductual que lleva al afectado a pasar de estados emocionales de alta euforia a otros de profunda depresión, y que por temporadas los obliga a apartarse durante días de la rutina cotidiana y que se dice que afectaron a Rafael Leónidas Trujillo (el caudillo tropical autor del “Dios en el cielo y Trujillo en la tierra”, que hizo labrar en todas las iglesias del país), Winston Churchill, o más recientemente, a Cristina Fernández de Kichner, entre otros.

cfkDos escalones por debajo en el ámbito de la psicología clínica, y en el rango de la mera presencia de ánimo o en el de la propensión pública a la cólera, encontramos ejemplos cercanos que confirman la tesis del mandatario desabrido y furioso.

Así, y en nuestros días, ya sea Richard Nixon, que hizo del desaire a los medios y el talante hostil una constante de su ejecutoria política, o un cabreadísimo Rafael Correa persiguiendo a lomos de una camioneta a un ciudadano que lo insultó durante una gira (y que acabó detenido, cosas del sumak kawsay…),  el ex premier británico Gordon Brown, de quien Andrew Rawnsley aseguró que, presa de su mal carácter, y falta de paciencia, llegaba al maltrato psicológico con sus colaboradores (cuando no, al físico), José María Aznar, titular (quizás detrás de Putin) de una de las miradas más heladoras del tardo conservadurismo europeo, o la astracanada tropical de un Nicolás Maduro against everything, nos demuestran, con todos los matices del mundo, de que para ser líder de una nación no hace falta tener buen carácter ni una simpatía contagiosa.

 

Alcaldes furiosos.

Busquemos trazas de esa ira entre nuestros líderes locales, tomando, como ejemplo, el de la ciudad (Alicante, España) en la que reside el autor de este artículo, realizando una previa y necesaria contextualización de las vicisitudes y dificultades que asumió durante su mandato local para quienes no conocen de cerca la realidad del municipio objeto de estudio. (En todo caso, y sin que sirva de excusa anticipada, es muy probable que este artículo sea mejor entendido, en todos sus matices y escala de colores, por los conneisseurs de la política local alicantina). Además, este tipo de líderes políticos, fast & furious, suelen tener una vida pública corta, que terminan abandonando con cajas destempladas compelidos por la confluencia de una serie de fuerzas antagónicas alimentadas y engordadas al calor de su mal carácter e indisposición general frente a la opinión pública y sus heraldos.

PUTIN 1En síntesis, y con este ejercicio, intentaré reflexionar sobre la peligrosa relación entre la ira y la política, y las dificultades de todo orden, especialmente en el campo de la comunicación política y de la acción de gobierno y en el de la percepción general de la ejecutoria pública, que provoca la figura de un líder político airado, proclive a la controversia y la bronca. Y de corta vida pública.

Para ello, parto de la figura de un mandatario en ejercicio – el Alcalde de Alicante (España), Gabriel Echávarri (dimitido días después de la publicación del artículo de opinión en el que se basa este relato) utilizando su ejecutoria pública como punto de partida para describir una categoría más amplia y heterogénea de líderes (municipales) que comparten esa pulsión (irrefenable) hacia la ira y el enfado, con resultados dispares.

Este es el artículo publicado:

“No conozco personalmente a Gabriel Echávarri (G.E.). Jamás hablé con él ni tuve ocasión de que me lo presentasen. En varias ocasiones, y con motivo de algún acto al que él acudía –siempre aparentemente incómodo- en ejercicio de sus funciones oficiales como Alcalde de Alicante, le he escuchado impetuoso, altivo y generoso en la metáfora hablando de nuestra ciudad, de su gente y su futuro, y confieso que, al principio, esa pasión desbordada del primer edil atrajo mi atención e interés.

Sin embargo, con el pasar del tiempo, y como tantos otros, pronto descubrí que detrás de la oratoria altisonante del Alcalde asomaba un torrente de superficialidad, un surtido de metáforas en lata y el recurso facilón a los lugares comunes del alicantinismo, la emoción sin tasa y las bufandas blanquiazules. Un relato, estilo y discurso más propio de un alardo festero o un pregón fogueril que de un liderazgo contemporáneo para una ciudad necesitada de proyecto y de trovadores (influencers los llamáis ahora) que lo glosasen y difundiesen por los cuatro puntos cardinales.

echavarriGabriel Echávarri, Alcalde de Alicante. Foto: RAFA MOLINA

Reconozco que, cuando asumió la Alcaldía de la ciudad pensé, con contenido alivio, que cualquier escenario posible era mejor que la ominosa época que empezábamos a abandonar tras los últimos estertores berlanguianos y la grosería sumarial de la era Castedo, y del tragicómico vodevil con el que la regidora, Facebook mediante, se despidió de todos nosotros. Sin embargo, la dinámica ponzoñosa de un tripartito fundado en la desconfianza y proclive al disenso, la venganza y la sobreexposición mediática terminó por imponerse sobre la germanor y los anhelos compartidos, y las formas, que en política son más que importantes, acabaron emborronando el fondo. El Gobierno se rompió, las dagas volaron y el resto ya lo han leído ustedes en este diario.

Pero volvamos a Gabriel, (“fuerza de Dios”, etimológicamente hablando). No me detendré hoy en la valoración política de su mandato, ni echaré la vista a atrás para enjuiciar estos 2 años y medio de intrigas vaticanas, ruidosa colisión de aparatchiks, atracón de dolçaina y camarote de los líos en los que se convirtió el equipo de Gobierno tripartito de la segunda ciudad de la Comunidad Valenciana, ni haré más sangre con el episodio de presuntas escuchas que ni el más torpe de los becarios de la Stasi habría ideado como colofón al sainete municipal con cargo al Presupuesto que conocemos todos los días.

Quiero hoy, intrigado por el perfil y las aristas relacionales de un personaje que se nos presenta más cómodo haciendo de herculano a tiempo parcial que de estratega o componedor de intereses generales, detenerme en la imagen pública de Gabriel Echávarri, tratando de entender, con la cautela del amateur, cómo Alicante ha llegado a tener, sin esperarlo, al Alcalde más encendido, engorroso y superlativo de cuantos han ejercido el cargo, al menos en el presente siglo.

 

Un político airado.

De acuerdo. La política local da unos hijos singulares. El líder bronco, arrogante y que embiste, cual bou embolat, a las primeras de cambio, es una constante municipal, también en perspectiva comparada.

Desde el excesivo Jesús Gil y Gil, que perfeccionó el populismo ibérico 25 años antes de que la palabra posverdad estuviese en boca de todos, hasta Rob Ford en Toronto, al que su mal carácter y el abuso –público- de sustancias como el crack privaron de su bastón de mando municipal, pasando por el bravucón y gamberro Boris Johnson, pintoresco Alcalde de Londres, -hoy Ministro de Exteriores de ese Reino Unido post brexit cada vez más pequeñito e irrelevante-, la figura del edil altivo, matasiete y perdonavidas ha arraigado en no pocos Ayuntamientos, para entretenimiento de vecinos, connaisseurs y cronistas de la primera milla política.

Sin embargo, hay algo en la manera de aparecer en público de G. Echávarri que lo hace singular y lo aleja del cliché de la prudencia que Baltasar Gracián reclamaba para los hombres de poder.

UDFMe refiero a esa irrefrenable pulsión hacia la ira del Alcalde, a su arrogante ensimismamiento y la altanería con la que se conduce, como si de un Michael Douglas desatado se tratase en la inolvidable “Un Día de Furia /Falling down” (1993) de Joel Schumacher, que lamentan en privado sus afines, y que se ha hecho más evidente en el otoño de un mandatario acosado por propios y extraños. Este carácter airado ha terminado, finalmente, por marcar la ejecutoria política más reciente de nuestra ciudad,  arrastrando a la indolente Alicante a uno de sus peores momentos vitales en términos de estima, proyección, reputación e influencia que recordamos, paréntesis hecho con las últimas horas del Castedato, los Gúrteles y los Brugales.

En este tiempo, y al calor de la información publicada, los rumores y los latigazos electrizantes de su personalidad, me he confesado sorprendido por la pasión descontrolada con la que G.E. despacha cualquier sucedido, por nimio que sea o se nos presente.

Ese Echávarri que se encara con una madre del colegio al que lleva a sus hijos a cuenta del uso del coche oficial; el pugilístico G. E., que casi llega a las manos con un desafiante ciudadano que le afea no sé qué cuitas en la vía pública; ese Alcalde alicantino omnímodo que, en un calentón, despide por las bravas a la cuñada de un antagonista político o el Gabriel guasón que tuitea, con la incontinencia del adolescente, soflamas políticamente incorrectas contra el eterno rival deportivo (ese estudiadísimo, como falaz “Mi madre me hizo guapo, herculano y antielchero” que le obligó a pedir disculpas públicas), o el Echávarri liberado del yugo asambleario al que lo condenó el tripartito en la ciudad y que dirige, con precisión milimétrica, su desaire e invectivas hacia ese enorme monumento a la negatividad con mando en plaza que es Miguel Ángel Pavón.

El mundo desde la cabina de mezclas. La política con maneras de DJ.

¿Qué es lo que arrastra, contra todo consejo, al primero de los alicantinos a esta zona de guerra permanente? Apunta mi amigo Antoñico, fino taxonomista de la condición humana, hacia un hito en la biografía del Alcalde Echávarri, desconocido para el gran público y que parece haber marcado definitivamente su trayectoria política municipal.

Gabriel Echávarri, ahora Alcalde, y pronto, nuevamente, abogado de profesión, fue, antes de dar el salto a la política, un conocido Disc-jockey en la noche alicantina, cuando seguramente, movido por el noble esfuerzo de completar sus eximios recursos económicos como estudiante, decidió hacer de su afición a la música una fuente ingresos que acabó por convertirse en un respetable empleo.

En efecto, Gabriel Echávarri fue “Gaby Dj” en los 80-90. Este era su nick en la noche capitalina, y que me aspen, que diría el muy ochentero Popeye el Marino, si este hito en su carrera de honores no ha marcado su ejecutoria política y su personalidad pública en nuestro Ayuntamiento, devolviéndonos la imagen de un Alcalde que, como todo pinchadiscos, encaja mal las críticas a su sesión, llegando a perder el oremus institucional cuando se discute su puesta en escena o el contenido de su repertorio.

Sostengo la teoría de que la personalidad del Dj se forja en la umbría soledad de la cabina de mezclas. Aislado tras sus enormes auriculares, y con la vista puesta –auténtica metáfora de la política- en los platos que giran a distintas revoluciones para terminar de confluir en una mezcla armónica personalísima, el Disc-Jockey, se sabe conocedor de los resortes que hacen vibrar a la sala y custodio de una cultura del efecto musical que lo sitúan por encima del público, que lo suele contemplar con respeto y contenida admiración desde los pies de su atalaya.

Crecido en la mentalidad del asedio, diestro en la finta y el regate ante las peticiones musicales del público y maestro en la gestión de las expectativas colectivas y el señuelo del futuro (“espera un ratito, y te la pongo), el pinchadiscos suele guardar un par de temas popularísimos en la recámara para cuando la noche se complica, que le permiten coger aire hasta la siguiente crisis de popularidad.

Gaby Dj llegó al Ayuntamiento de la capital pensando en poner a bailar a la ciudad, acompañado por una troupe de incondicionales colegas y gruppies acostumbrados a defender, con bravuconería y ruido de sables, las prebendas -pases VIP y segundas copas gratis- que su cercanía al arrogante pinchadiscos les procuraba.

Gaby Dj, aspiraba, en fin, y de manera legítima, a convertirse, por muchos años en Dj residente en la ciudad, y acabó por tener que compartir los platos y el repertorio con dos ambiciosos giradiscos de la política, igualmente obsesionados que Echávarri en gozar de la gloria y el poder que la sala reserva para el conductor de la sesión de mezclas de los sábados por la noche. 

Como un Disc-Jockey parapetado en su cabina, el Alcalde, con su maleta de maxi-singles a cuestas, ha terminado, acuciado por las circunstancias, y empujado por la discográfica en cuya lista concurrió a las elecciones, a encararse con los invitados de la boda que pagan, al final del día, su sueldo y viáticos, recurriendo, ante un fallo generalizado del sistema, a pinchar temas de los 80 y 90 a los que nadie presta ya atención, perdidos en el rumor ininteligible de esa barraca en la que se ha convertido el Ayuntamiento de Alicante.

Le deseo toda la suerte del mundo al ciudadano G. Echávarri, pero parece que va tocando ya impulsar una renovación en la cabina. La cuestión es que, al calor de las encuestas que vamos conociendo, no sabemos si en los próximos años nos espera un repertorio de pasodobles, un empacho de bachata, un maratón de temas para bailar agarrados o un max mix de cantos regionales i xiulets. [Como dicen los más veteranos del lugar, al que bien baila, con poco son le basta].”

[Disclaimer: Toco de oídas]


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